«Compañeros de jaula» por Ramón

Durante su estancia en Buenos Aires, Ramón solía visitar el Parque Zoológico para disfrutar al aire libre y poder observar el comportamiento de los animales. Sus certeras conclusiones implican la capacidad de convivir distintas especies en recintos pequeños sin graves problemas. Ramón reitera sus principios contra cualquier tipo de violencia entre nosotros, «animales racionales» y comparto sus ideales.

Plauto (254-184 a. C.) en su obra Asinaria afirmaba «El hombre es el lobo del hombre» (Homo homini lupus) y, pasados los siglos, no hemos evolucionado en este sentido. Cada vez que leo las noticias percibo que todo seguirá igual, salvo raras excepciones. Ojalá y los humanos aprendamos de los «llamados animales» estas normas de convivencia.

Compañeros de jaula

«Como empedernido observador de Parques Zoológicos he tenido ocasión de ver extraños connubios de animales.

He visto una hiena y en la misma jaula un perrito de aguas, he visto la convivencia del pato y el rinoceronte, he visto a la jirafa unida al gnu, he presenciado la unión del ciervo y el jabalí, etc. etc.

Desde luego es extraño como los pájaros sueltos en los jardines de los zoológicos visitan sin miedo las jaulas del león y del leopardo y el gato se atreve a entrar en la jaula del cóndor para robarle alguna piltrafa de la carne sobrante que le dan.

En la suma de experiencias que tengo anotadas hay un saldo a favor de la benignidad de los animales unos con otros.

A veces no sé en qué ha concluido alguna de esas experimentaciones de director de parque zoológico y como no le pueden hacer preguntas porque está siempre estudiando historia natural metido en su gárgola, no sabré nunca qué pasó con los cuervos que vivían con las águilas en una gran jaula de la roca blanca ¿Acabaron por comérselos? ¿Pidieron ser trasladados a una celda menos peligrosa?

El director del parque se entretiene así y comiéndose de vez en cuando un cachorrito de león o una buena cría de conejo o como se dice en portugués «un casal de Pombo (Paloma/o)».

De las carambolas que hace con los animales, logra sorpresa como la junta de camellos y dromedarios que produjo una prole con tres jorobas.

En vista de lo que sucede insisto en que deben fomentar los parques zoológicos. El parque zoológico tiene una misión que cumplir contra la agresividad humana. Gracias a la visión de las fieras, se puede llegar a comprender que la violencia es animal, absolutamente animal, vergonzosamente animal.

La lección de la jaula sobre el hombre es esa y como va muchas veces solo a esa contemplación al ver un tigre de Bengala en perpetuo rezongo agresivo aprendería a no imitarle, es posible que adquiriese el horror del ensañamiento.

No hay mayor belleza en la vida que el verse libre de ese sentimiento horrible de la ferocidad, logrando la gracia tranquila de la pacifidad, siendo más hermoso ser víctima que horripilante agresor de conciencia infrahumana.

Son necesarios en la vida los Parques Zoológicos para fomentar ese contraste, pero también son necesarios los cercioradores, o sea buenos hombres que fomenten los buenos sentimientos, que ensalcen la verdadera bondad de la vida, que den la razón a los que han acertado con el buen vivir, con la buena postura contemplativa y conformista.

El espectáculo de los animales gana en épocas así y resultan los verdaderos racionales, los amables inconscientes, los amables compañeros de vacaciones.

Si hubiese abonos para un año para entrar en los zoológicos yo tendría mi correspondiente abono.»

«Domingo de Ramos» según Ramón

Ramón publicó el 25 de marzo de 1923 en El Sol un artículo sobre el día que celebramos hoy. Este año la Semana Santa se ha retrasado y el Domingo de Ramos parece que se podrá celebrar sin amenaza de lluvia, algo inusual pero que permitirá la salida de las procesiones y el disfrute de las personas que las acompañen llevando las palmas.

En su artículo, Ramón hace un recorrido poético de este día desde muy temprano, cuando todavía se están preparando las palmas. Nos muestra todo tipo de palmas que coinciden con el tipo de personas que las compran y, como siempre, su preferencia no está en las palmas sino en los sencillos olivos que recogen otras personas y que simbolizan este día. Un gran artículo sobre nuestras costumbres escrito con sensibilidad y humor.

Domingo de Ramos

«Es como uno de esos días alegres de correr las fuentes que se producen en los sitios reales; es el día en que los surtidores de las palmeras se suspenden en el aire.

Casi desde la noche anterior toman sitio las “palmerieras”, y en el alba gris hay ya un rayo de sol al comenzar el día, giradas a las palmas.

Las palmeras guisadas con azafrán esperan su mediodía, la hora en que también los arroces están en su punto. No saben aún desde tan temprano qué día hará hoy, pero esperan, anhelan con todo su corazón que sea un día de sol. Si no hiciese sol se quedarían abrumadas, como caídas ráfagas del sol de otros días.

La maestra, la que teje, riza y compone las palmeras está afanada en empingorotar uno de esos moñetes rubios, haciendo a la palma infantil un peinado de niña antigua.

Las palmas regulares, esas que tienen el tamaño de una persona y que están adornadas a un lado y otro de un dorsal con costillas deducidas de la misma palma, imitan un esqueleto, algo así como, un esqueleto.

Después vienen las palmas largas, las palmas sin ringorrangos, las palmas esbeltas, las verdaderas palmas surtidores.

Esas palmeras son plumas amarillas, péñolas del Domingo de Ramos, las péñolas con que el Creador pone su rúbrica en el día solemne.

Son las palmeras las plantas que crecen por un solo día en la calle estéril y yerma de la ciudad, alrededor de la iglesia gris con flecos de lluvia. Todos los vecinos se asoman a ese jardín de una sola mañana, que no se olvidará en todo el año, pues fue el día de beneficio de la calle, algo así como el día en que el cuarto de la artista se llena de “corbeilles”.

Primero llegan las criadas que tienen que hacer el desayuno para las siete y media, y se llevan ramos de olivo, modestos ramos de olivo, que colocarán a la cabecera de la cama, metiéndolos en la cartera de cartón del viejo almanaque, que tienen como santo ya que no encontraron otra cosa. El olivo es el ramo austero, y si mezclan al olivo un poco de romero, no es para merecer más indulgencias, ya es un poco más para placidez del olfato. El olivo es el que vale; el romero crecía junto al huerto de los olivos, pero frente a la distracción de Jesús.

Después, a eso de las ocho y media—las que más temprano vayan adquirirán más méritos—, van las viejas pensionistas del barrio o las que están de caridad en casa de unos amigos sin hijos, o las suegras viejas que viven con sus hijas o sus hijos casados. Esas ancianas de manteleta negra, a las que siempre entuerta un ojo una punta de la manteleta, compran varias perras gordas de olivo y de romero, pues ese día hacen a sus protectores—hijas políticas o yernos— el regalo que se agradece tanto, el regalo de la paz, el regalo que “espliega” las alcobas de los que aún no se han levantado, y comienza abonanzando su mañana de domingo, llevándola recuerdos antiguos.

Un poco después ya van llegando al estrado de las palmas las que se llevan las pequeñitas, las de niña de primera comunión, las parvulillas, las ochavadas, y, por fin, llega la hora de las que son esqueletos optimistas y de las que son vástagos de pura palmera, que se cimbrea en el aire con agilidad bailarinesca.

Y de los aledaños de la iglesia se van desprendiendo las pequeñas procesiones de papás que llevan delante a la niña enarbolando la vistosa palmera de rústica filigrana, la niña que va como con un sombrero de primavera nuevo o como cuando el día de su primera comunión pasó con una vela rizada, también muy en candelero, por en medio de la ciudad.

Pero entre todas las pequeñas procesiones que atraviesan la ciudad, la que llama más la atención es esa familia de gente muy retaca que ha comprado la palmera más alta — ¡oh ley de los contrastes!—, una palmera que les convierte en más chicos, que es como lanza inconmensurable en mano del papá, que es el que se atreve a llevarla. Es la lanza de Don Quijote en manos de Sancho.

Y mientras, alrededor de la iglesia se ha verificado un simulacro de los que evocan lo que han pretendido evocar. El cura se ha dado una vuelta alrededor de la iglesia entre palmas, y su camino ha parecido ser el camino largo de aquella mañana bíblica y la arquitectura de la ciudad ha cambiado y los guardias se han convertido en centuriones y los mantones en túnicas.

La ciudad, su hora, todo ha retrocedido en el tiempo y se almuerza en una Jerusalén antigua, con fresco apetito antiguo, sintiendo fuera, un día más crédulo, un día en que el bizcocho del domingo tiene un color de pura canela…»

 

Miradas de Ramón

Ramón comentaba que «El buen escritor no sabe nunca si sabe escribir.», un razonamiento  que, como él,  sólo los grandes escritores harían. Si al talento del escritor se añaden sensibilidad, emoción, inteligencia y la capacidad de observar su entorno sin trabas ni prejuicios, obtendremos una literatura superior para deleitarnos experimentando nuevos sentimientos. Un ejemplo de esta literatura es la que Ramón dejó en diversos diarios y escritos dispersos que no deseo que queden en el olvido:

 ― El Retiro huele a ternura de las hojas, a primer amor pasional.

― Los faroleros parece que encienden en la luna la lanza luminosa, con la que después desparraman la luz mágica y muy pálida por los faroles de la ciudad.

― En un barrio distinto al del resto de las casas blanqueadas hay unas guardillas que tienen ventanas informes de casa de pueblo, conjunto de guardillas que forman un pueblecito tributario de la ciudad, algo así como una aldea perdida, en la que debe haber los domingos romerías con vendedoras de avellanas sentadas en las praderas de los tejados.

― Cuando se rompe un cristal y se repone orlándole con la masilla reciente, toma la casa un aspecto de renovada y tierna… Se rejuvenece… La masilla seca y del color de la vejez del tiempo hace a los cristales antiquísimos… Rompámoslos, por eso, de vez en cuando.

― En las botellas de cerveza quedan a veces, después de haberlas vaciado, unos glóbulos de aire, unas pompas vanas, que son como el alma del líquido escanciado.

― Los melocotones y los albaricoques se sienten con calor embutidos en sus trajes de terciopelo… Al mondarlos y desnudarlos se les siente apetecer la frescura, sentirse dichosos, no importarles ya que nos los comamos.

― Los tibores japoneses dan un gran fresco en verano… En la penumbra de la casa que los posee ponen la nota refrescante de su gran porcelana.

― El arco del violín cose, como aguja con hilo, notas y almas, almas y notas.

― La luna es como un espejito con que la vecina impertinente y juguetona refleja el sol en los ojos del asomado al balcón.

― Me gusta ver las grandes orquestas de violines, porque la oblicuidad movida de los muchos arcos simula una especie de lluvia musical.

 

 

«Bautizos castizos» por Ramón

Los bautizos se han convertido en una operación de mercadotecnia y pienso que se ha perdido un poco el verdadero significado de esta celebración religiosa, incluso hay listas de regalos para un bebé que sólo abre los ojos sin ver y sus pequeñas manos son incapaces de coger nada. Personalmente y,  respetando todas las opiniones, prefiero las celebraciones religiosas íntimas.

No es nada nuevo,  en el año 1923 el boato de los bautizos era similar a nuestros días y Ramón lo expresó en el artículo que publicó en el semanario satírico Buen Humor. Un texto simpático y tierno en el que mezcla su ironía sobre el alarde, con la humanidad sobre la humildad

Bautizos castizos  

«Nuestros bautizos nacionales parecen siempre el bautizo del rey de Roma. Se despierta toda la fe y la ambición de los mayores ante cada nuevo badulaque que nace. La mentira y la obsesión engañosa de la vida se imponen. El cerebro radioactivo del nuevo reciénnacido parece que va a ser el cerebro del genio, de la lumbrera de la época, del hombre que necesita el porvenir.

El padrino quisiera arruinarse en el acto del bautizo, y que hicieran arcos de flores en el trayecto del bautizo. La madrina saca del rincón secreto e inencontrable, donde la mujer guarda sus ahorros, unas cuantas onzas para quedar bien, para que el bautizado se acuerde de ella cuando sea mayor y la proteja si entonces está desvalida.

Las madres castizas tienen la ropa de cristianar más espumosa, crecida, caudalosa de las que se usan por el mundo. Visten al niño como se viste el Pontífice el día en que toma posesión de la silla pontifical. Se pierde el niño en las olas de encaje, es envuelto como esos puros de circo que parecen primero un regalo suntuoso y voluminoso, hasta que, después de desenvolver papeles y papeles, sale el purito diminuto y retrechero.

Hay un momento en los bautizos solemnes en que no se puede ver al niño, porque está envuelto ya para salir a la calle, y la última sobrepelliz y la capa última y pluvial le han sido impuestas ya. Sólo el corte de un terreno rico en antigüedad podría presentar tantas capas distintas como el niño que va a ser cristianado.

Cualquier extranjero que viese como abulta uno de estos niños envueltos en rico trousseau bautismal, se creería que se trataba del bautizo de un gigante o de un picador nato. Sólo si el extranjero oye llorar en el fondo del lio de ropas al niño diminuto, se dará cuenta del engaño presuncioso, presuntuoso y alardeante del bautizo típico. ¡Qué enterrado el leve maullido del gatito incipiente!

La pequeña doncella o niñera que a veces conduce al niño entrapajado y como muy batido en la cocina bautismal como se bate el chantilly para que aumente, desaparece debajo de la pirámide de cosas, y es como lavandera que lleva a cuestas el enorme saco de la ropa blanca.

A veces es la madrina delgada y consumida de solteronía aguda la que conduce al ahijado, y se teme por ella como si fuese cargada con un fruto que no pueda sostener. Es como uno de esos arbolillos a los que hay necesidad de poner un puntal.

Ante esos bautizos de gran mundo resultan roñosos esos otros bautizos que realiza la abuela pobre llegándose un momento a la iglesia a que la cristianen al retoño. Parece que el niño es mucho más pequeño que los otros — muchas veces es mayor — y que está liado como esos cigarrillos que ciertos fumadores tienen el defecto de liar muy finos.

Ese niño, sin las espumas y los rebatimientos de los niños de promontorial traje de cristianar, es como un esparraguillo triguero, algo así como un polichinela de verbena, un niño barato y de confección más al por mayor.

Es gracioso también ver en las iglesias cómo se desembalan los niños frágiles, cuya cabeza, la cabeza que se necesita imprescindiblemente para que el cura pueda bautizar al rorro, no se encuentra por ninguna parte. Como a esos objetos del Japón perdidos entre la viruta del embalaje que siempre les falta la tapadera, nadie encuentra la cabeza del niño.

Después, en los cafés en que se festejan los bautizos castizos y rumbosos, ante el poderoso y abultadísimo recién bautizado, el camarero pregunta:

— ¿Chocolate con mojicón para el niño?

Y si el padrino le contesta una barbaridad, el camarero suele contestar:

— Usted dispense; pero podía ser un catecúmeno.»

Portugal y Ramón

Ramón era un fugaz trashumante que siempre regresaba a Madrid. Después de varios viajes a Paris, Suiza e Italia y cansado de que lo consideraran «un loco» y de que su literatura no fuera comprendida aunque hubiese publicado El Rastro, en 1915 decidió hacer una escapada a Portugal para liberarse de «ese ambiente turbio y alevoso del Madrid de los ramplones» que caracterizaba la intelectualidad de esa época en España. Con el apoyo de sus amigos, dejó su querida tertulia de Pombo, pero regularmente les escribía cartas para tenerles al corriente de sus hallazgos. He reunido las impresiones que Ramón manifiesta sobre este bello país en  Automoribundia:

«Allí encontré sol y aire de últimos de siglo, un lado del mundo rezagado y cordial, lejos de todo, lejos de Europa, lejos de América, un escondite de gaviotas.

Aquel viaje me hizo más adepto de la peligrosa religión, de la franqueza, acabó de acrisolar mi rebeldía contra la intriga y la deslealtad, ¡me volvió más loco de verdad íntima!

Allí confundí los tiempos y quedó en mí una ternura herida. No tuvieron la culpa de eso las personas sino el ambiente tierno; los ojos vivos de las horas de otra época. Fue demasiado aquello para un joven ya de por sí obcecado en el deseo de nobleza.

Descubrí que somos muertos de otro tiempo  que podemos resucitar si encontramos un tiempo más tempranero y más irreparable en el que estamos viviendo.

Mi sensación era que había huido y vivía la eterna juventud de los amantes a los que nadie pregunta nada y los reciben en los gabinetes más honestos del mundo.

Yo era un estudiante perdido y la literatura sólo era idilio, mirar por las ventanas el campo y el mar.

Las persianas de los balcones eran biombos entre la realidad y la ilusión que ponían a los dos elementos dispares en confidencia de celosía.

Allí no se reía nadie de la inocencia y una cortesía especial presidía las relaciones sinceras de la amistad.

Equivoqué más el mundo queriéndole como debía de ser, en las calles de Lisboa, en sus pueblecitos de alrededor, en sus palacios carnosos en medio de boscajes oscuros.

El recuerdo de Portugal me iba a revolver como un disidente contra todos los monstruos que hipócritamente se disfrazaban de no monstruos.

Portugal es una ventana hacia un sitio  con más luz, hacia un más allá pletórico, es una larga galería de cristales que afronta una luz más cálida y un aire más yodado.

Para definir ese ambiente fluido y dulce de Lisboa, les diría que es un ambiente en que sueñan las cajas de música, aquellas cajas de música de menudas notas, de hondos «ayes», de sutiles suspiros, de leves vibraciones en sus peines de metal, aquellas cajas que hacían vibrar todo el terráqueo con ese poder que sólo tiene la vibración sutil…

Tan cariñosos y afables son estos ambientes, que yo he visto entrar un pajarito en un café, y le he visto jugar sobre las mesas, y le he visto marcharse cuando se le ha antojado.

El «Reflorecimiento de los libros» según Ramón

En mayo de 1923, Ramón publicó en el diario El Sol este artículo en el que trata uno de sus temas preferidos, los libros viejos. Como siempre no se limita a hablar de ellos como simples objetos, tienen su personalidad y sentimientos según la época. Tampoco  puede olvidar el esfuerzo y dificultades de sus vendedores, sensaciones que, insisto, demuestran su gran humanidad. La brevedad del texto no impide que aflore su lenguaje poético.

El Reflorecimiento de los libros

«La feria de libros viejos ha conseguido realizar un antiguo sueño de sus feriantes: pasar muchos meses establecida, dar la vuelta al año sin desaparecer.

Los feriantes han cruzado días muy crudos envueltos en sus capas y poniendo sus manos sobre la fogata de su brasero, como si las estuviesen asando…

 —¡Ya llegará el buen tiempo!—se decían unos a otros, dando pataditas en el suelo y haciendo chascar a la helada, como si pateasen sobre una marquesina de cristales.

Los ¡ay! de los libros, sobre todo las lamentaciones de las elegías, se recrudecían en los días muy malos.

Muy de vez en cuando pasaba alguien que pedía La hija del jornaler o El año dos mil. Sólo se habría vendido por aquellas fechas El calefactor espiritual; pero como no existe ese libro, había muchos días en que no se estrenaban.

Los días de viento, el dedo del viento repasaba todos los libros y se llevaba algunas hojas sueltas, que arrastraba con esa especie de hojas de parra que son las hojas de los castaños de Indias.

El Tratado de la pulmonía destacaba su tejuelo con gran brillantez.

Pero el invierno ha ido pereciendo. Ya los serenos pronuncian las palabras consoladoras que confirman el buen tiempo.

He ido ayer, en plena buena tarde, a la feria heroica. El Prado estaba ya en pleno auge y el Botánico tenía sombra de junio, y aunque era por la tarde parecía representarse ya “Mañana de sol”, de los Quintero.

 Dando ese rodeo por el Botánico, salí a la biblioteca al aire libre y fui repasando los libros colocados en anchos anfiteatros.

Una savia nueva había en todos los tomos; su olor a humedad se había convertido en el olor verdoso de la primavera. Las novelas parecían tener más luz y más pasión. Las flores disecadas en el fondo de los libros salían por entre sus páginas como refrescadas y renovadas.

Todas las mesas parecían haber sido retejadas con libros nuevos, con ediciones de estos días, y es que cada primavera se reedita en sí mismo, en su propia vejez y amarillez, todo lo que pervive editado en el mundo.»

«El misterio de la Encarnación» por Tristan (Ramón)

Prometeo fue fundada en noviembre de 1908 por su padre Javier Gómez de la Serna con el subtítulo «Revista social y literaria» y supuso el comienzo de la carrera literaria y periodística del joven Ramón que escribía bajo el seudónimo de Tristan.  En este artículo que publicó en 1911 analiza todas las partes del cuerpo. Se centra en las que considera más importantes porque son capaces de expresar los sentimientos y sensaciones que él experimenta  y que caracterizaran toda su obra.

He resumido y eliminado varias páginas para no aburriros y, aunque es la entrada más extensa que he publicado, deseo que captéis los matices y la lírica de su escritura.

El misterio de la Encarnación 

«No existe la fisonomía… La fisonomía es un recuerdo, es como otro recuerdo cualquiera, con toda la obsesión y toda la crispadura y toda la aflicción de los recuerdos…

La mirada

Es grande la mirada como lo que ve y todo el resto la es unánime sin necesitar ser visto, ya enrarecido de ella… La mirada nos llena de sutilidad y de aceptaciones inciertas, inscrito todo en el centro de ella. Somos el ámbito de la mirada, nada más, y nos allanan todas las cosas, todos los reflejos y todas las semejanzas, como entrando en un espacio puro, sin materialidades opuestas y duras.

La mirada nos salva a la avaricia personal y a la cargazón corporal y nariguda de los otros; nos amplia en una carnazón sin repugnancias, inerte, invulnerable, evadida a nuestro ardor afectivo y paciente… En ella se disuade nuestra figura de lo que tiene de lamentable y de altivo...

Así en la mirada no hay un término detenido en sí con eternidad, como lo ven categóricamente los reservados, no tiene un dique de contención que la respalde, sino que en ella todo es frente a frente y más una cuestión ambiente que una cuestión do oposiciones…

Los ojos

Los ojos están en lo más hondo de la mirada y en lo más perdido, como una cosa opaca y fenecida… Seriamente los ojos no existen más que en los demás… Porque ¿de qué color tenemos los ojos? ¿Es que puede ser verosímil cualquier color que sea? Lo  traslucido de la mirada, lo corriente y lo transitorio se opone a una idea tan parcial, tan opaca y tan crédula…

El reborde del ojo se siente más que el ojo,  en el que hay siempre una palpitación dura y despierta, pone en toda contemplación un imperio benigno y clementeSon como dos arcos rematados en las nubes, serenos como arcos iris, y envueltos en algo similar al camino de Santiago… Son casi lo más alto de nosotros dentro de la mirada que les remonta… En ellos se siente la preparación de la mirada y su blandura y su vértigo, y en ellos algo pedernal y vivo concibe de un modo pasajero y fácil la trivialidad dramática do las cosas…

 ¡Oh si la palabra pudiera decir hasta qué punto está dispuesto ese arco de voluntad a los pensamientos imposibles y magnánimos!

Esa impulsiva y recia señal de uno mismo, ese arco que se amplía según su intimidad quiere, ahonda su base y su término en las ojeras, no las ojeras de las pinturas y de las huellas, sino en las ojeras sensibles, recrudecidas y graves, blandas y sufridas, las ojeras en que se agrava todo y en que todo insiste... En las ojeras se siente la consunción, su herida y su estrago, pero con una sensación desapercibida y delgada…

Las manos

Las manos nos detienen en nuestras desapariciones cuotidianas en los vientos, nos ponen cerca de nosotros como reuniéndonos con una Providencia inmanente y desaparecida, y aplacan todos los otros pensamientos, ¡Ellas tan frágiles, tan mortales y  tan llenas de cordura!… Enseñan una gran dulzura y una gran querencia, por lo que tienen reunidos el sentido del crimen y de la caricia…

Las manos dan la teoría más audaz, mas aventurada. Lo tienen todo consentido y flagrante en su prestancia y lo guardan todo en su cuenco: la rebeldía y el martirio.

¡Gran compañía de las manos que nos anclan en nuestra mirada!… Grandes consideraciones las de las manos que nos aconsejan quien sabe qué escepticismos y qué carnales creencias llenas de apego por uno y llenas de buena filiación y de suspensiones…

La nariz

La nariz  es algo muy aislado que se pierde en las miradas de frente y se hace inverosímil y accidental… La nariz es una cosa que mirar como algo interpuesto y casual que nos quita un poco la vista… Es como un estigma o un bache puesto por la mirada de los otros, y que sin nuestra incredulidad nos turbaría de opacidad y de nariz…

La frente

La frente es una quimera como la del cielo, que ni es cielo ni es azul… Hay en ella una apariencia que la hace concebir como compacta y contrastante, pero como sucede con el cielo si se pudiese entrar en ella, todo resultaría tránsito, irrealidad y decoloración…

¡Oh, la frente siempre en alto como un firmamento cerúleo, continuo más allá de sus nubes provisionales y sin permanencia!  La frente lo afronta todo y se presta a todas las asiduidades curándolas en su desierto inmenso y parece esperar un ósculo, que siente merecer de todo, por lo blanda y lo víctima que es… ósculo y no beso, porque el de la frente siempre es ósculo, por eso que hay en ella de diferente, y blanco y místico… La frente nos hace tenues y trásfugas por esa discontinuidad que impone a todo esparciéndolo en vastedades llenas de serenidad y alivio…

Los labios

Los labios nos reconcentran viva y pertinazmente y nos muestran cómo es en lo oculto y en lo quieto nuestra realidad… Tienen algo corrosivo y sardónico, que se ensaña dulcemente en sus extremos, que es donde más fuerza hace la persuasión y el estoicismo  frente a todas las manifestaciones vanas de los hombres, donde todo se inutiliza y se hace permisible gracias a ese trazo que se remata en sus vértices y que emplea su lógica superior, rasgada y mórbida…

Parece que no cuenta con su voz, considerando más importante que su voz su rictus, su sabor y su tacto recrudecido… Así nos es extraña nuestra voz, que nos coge de frente como representando la posición y la apariencia do las cosas, como facsímil y no como cosa verdadera ni que nos sea propia en todo su valor.

El pecho

¡Oh el pecho que atravesado resulta, que caudaloso, que lleno de evoluciones y que herido de sí mismo, de su herida planetaria y cuotidiana! Se siente en él la carne desollada y hay en su franqueza algo que da el frente a todo y lo aboca con los ojos cerrados… Tiende, perdona, y se ofrece como blanco y regazo de todo…

Está lleno de presteza, de condolencias y de jovialidades, todo al mismo tiempo por su obsequiosa buena voluntad… En él se siente un armisticio magnánimo, en el que descansa y agoniza…

Las costillas hacen en él presión como algo que le enreja y le abroquela…

El corazón

Pero en el pecho hay algo que es más que nada una superstición; el corazón. El corazón es lo más hipotético del hombre. Se le oye sólo y se siente el temor de que se precise y se confiese, siendo tan hondo y estando lleno de cosas raras, jeroglíficas y precoces, con una precocidad relacionada con todo el tiempo porvenir… No se le querría coger en la mano con miedo a su vida y su silencio… Es como el ruido extraño y misterioso que aparece en las paredes de las casas solitarias sin comunicación viviente o vulgar que lo justifique… Es el ruido nocturno sin incorporar a nada determinado, de los palacios con duendes, de los bosques vírgenes, y que sin embargo no puede encarnar en nada fantástico y tópico, aunque al mismo tiempo no pueda representarse por sí mismo…

¡EI corazón! ¡Se ha sabido hasta dónde se alza y hasta dónde desciende, aunque se dibuje vanamente su mecánica!

—«Hacedlo todo por los corazones, jueces ridículos y espantosos, más que por las gentes o por los sentimientos de sus corazones. Sólo por sus corazones. El corazón no peca, ni es virtuoso, ni decae, ni se complica; es siempre disidente, sordo, demasiado vivo y demasiado independiente en su desierto y en su incomunicación.»

¡Es conmovedor el corazón como un hijo lleno de disposiciones inconcebibles y materiales, de indefensión y siempre tan inconfesable!...»

¡El corazón está al lado izquierdo! Quizás… Pero en el lado derecho hay algo menos real, una entonación inenarrable idéntica, en urgencias y en caudal, de la percusión izquierda… Y sin embargo hay al lado derecho otro corazón, porque estamos hechos de muchos corazones frescos y sostenidos, más fuertes que nuestra desidia y nuestros motivos para ignorar la vida y languidecer y fallecer ridículamente, no por muerte natural, sino por algo anterior a la vida y repugnante por inexistencia, que es a lo que lleva la altivez de no quererse concebir así como somos…

La presencia del corazón está en todas partes, y en todas partes está cerca, y resulta violenta y obcecada, su actitud y su solicitud, de algo más grande que un pensamiento… ¡El corazón es lo mas refractario de todo lo que flota en la mirada que somos y lo ha reducido a sí mismo, duro teóricamente por lo fuerte de su consigna, hasta rayar el diamante!

El suspiro

En el tórax hay algo más denso y más representativo, adornado de lo que hay en él de sólido y de recóndito, emocionado de todo él, flotante como todo pero menos pesado y por la tanto más pronto a la ascensión al quinto cielo de la mirada: el suspiro… El suspiro es revelador como él solo y completa nuestra identidad, materializándonos hasta donde nos corresponde…

El suspiro es un trato perpetuo con todo lo que nos es extraño y está solo y yermo... Es una cosa de estertor en que darse cuenta inmediata e insospechable de lo más traidor, de lo mas referente a uno, y de lo más trágico…

El suspiro nos aleja de nosotros mismos, nos abandona y nos deshace… Pasa a través de todo de un modo superior, avezado, sin obcecación, desmemoriado y sin fanatismo; se conforma con todo materialmente según su teoría sin formas recalcitrantes y negativas, y sin esa monotonía que hay en el deseo de perpetuarse y de enorgullecerse…

Y aquí termina esa sensación sin dibujo y sin credulidades demasiado plásticas y demasiado comunes, que vive flotante e inconsútil dentro de la mirada...»

«Los simbolistas de la gripe»

Este año, la epidemia gripal ha desencadenado un caos en España y hemos leído cómo los hospitales y clínicas estaban desbordados de pacientes. Está situación hubiese empeorado si muchas personas tuviesen entre sus manos el diario El Sol,  leyendo el artículo que Ramón publicó el 19 de mayo de 1923. Un simpático artículo en el que ironiza sobre el poder innegable que ejerce la prensa en un determinado grupo social

Los simbolistas de la gripe

«Vamos a tener que hacer una campaña periodística para ver si acabamos con la gripe o, por lo menos, sufre esa disminución que consiguen más eficazmente las campañas periodísticas que las campañas sanitarias.

Debido a! ingenio de los más tratados por la gripe, se ha llegado a saber .secretos de ella que no conocen los especialistas. Se ha creado una extensa literatura, con imágenes muy bellas, a propósito de la gripe. Imaginaciones calenturientas, gracias a ella, han lanzado, antes de meterse en la cama definitivamente, frases sutiles del mayor acierto.

“Los simbolistas de la gripe” se podría llamar a esta pléyade literaria que ha brotado con ocasión de la desconocida enfermedad. Gracias a ellos la gripe posee un envidiable cuadro de síntomas, que más que un cuadro es una pinacoteca. Recuerdo algunas de esas frases griposas y voy a hacer una antología:

― Ya siento el calambre del talón… A Aquiles le debió entrar por ahí la gripe.

― Me he olvidado la llave del “burean” dentro… Yo tengo la gripe.

― Siento ese cepillado en el dorso de las manos que es sintomático.

― Estoy lleno de los vacíos dolorosos de la gripe.

― Tengo un alfiler de gripe, es decir, mejor dicho, “una aguja”.

― Llevo los guantes amarillos de la gripe.

― Me he encontrado la bala perdida de la gripe.

― Siento que la gripe me ha ceñido su cinturón de hierro.

― Siento que la gripe ha tomado mi corazón por un palillero.

― Me aprietan las muñequeras de la gripe.

―Tengo entre uña y carne una espina griposa.

― Me ha dado en las piernas el golpe del soldado.

― Ya me andan por dentro las sanguijuelas de la gripe.

― Me parece que .siento la trichina gripal.

― Me he clavado en las rodillas una tachuela gripal.

― Amigo, me voy a casa porque siento en las articulaciones el runruneo de la gripe, etc., etc.

Por lo menos habrá quedado definido lo que es eso, cómo escarba, cómo lima los huesos, cómo mezcla sus perdigones a nuestra sangre, cómo nos roe las ilusiones

El Rastro y Ramón

El Rastro madrileño era uno de los sitios preferidos de Ramón que recorría con deleite, compraba gran parte de los objetos que decoraban su despacho y conocía los defectos y virtudes de los vendedores de los puestos, conversando y observando el trato que tenían con otros clientes. Todas sus impresiones las escribió en su primer libro El Rastro publicado en 1914 que le permitió ser reconocido como escritor aunque ya lo era desde hacía bastantes años.

 Lo dedica: «Al justo y trágico Azorín, que es el hombre que más me ha persuadido de ese modo grave, atónito y verdadero con que sin malestar ni degradación ni abatimiento sólo creí poder estar persuadido secretamente de mi vida, le dedico este libro con el oficioso y tímido deseo de consolarle de gentes inconfesas y de estar  dedicado al más disimulado de los sarcasmos  en el centro de seriedades inauditas y aclamaciones extrañas.»

Con frecuencia comento la sensibilidad de Ramón y en está entrada me centraré en esa cualidad aplicada a los objetos que se va encontrando. Todos tienen vida propia para Ramón, cuando los compra se queda satisfecho y cuando los deja le surgen diversos sentimientos. Os transcribo algunos:

Abanicos

«Es grato agacharse y abriles  con cuidado, con delicadeza, como aquel caballerito los tomó de unas manos de mujer para ver en una pausa de la conversación la gracia inefable de la viñeta, entreteniendo y floreando el idilio… Se sonríe el abanico porque no hay más que una manera sutil y rendida de ver un abanico y de cogerle, aunque, como estos abanicos, nos lo ceda el santo suelo y la calle miserable nos disuada de la escena galante.»

Pipas

«Pipas tendidas como gatos, acostadas de lado con una simpática comodidad… Para el que fuma en pipa ―aunque esta sea una pipa menos industriosa y menos maniática―, las pipas aquí le producen una melancolía honda, ingrata, espiritada, inflexible, de un aire colado, casi mortífero.»

Objetos de iluminación

«Quinqués tristes, sin torcida, sin tubo, sin pantalla, como descabezados, como ciegos y fracasados.»

«Lamparillas de aceite con la caperuza colgando de una cadenita, parecidas a gentiles colegialas.»

«Velones solemnes llenos de un alma dramática y seria.»

«Honestas palmatorias, como viudas honestas sin camisa»

«Lámparas de minero, trágicas, reconcentradas, insinuando el fondo de la mina.»

«Arañas, grandes arañas de cristales sucios, como fuentes  de lágrimas de sal.»

Sombrillas

«Alguna sombrilla blanca con puño de cayada, parecida a una zancuda. Ingenua y cándida sombrilla de esas que llevan los domingos de primavera las niñas pobres vestidas de blanco.»

Cafeteras

«Maquinas de hacer café… Este es un detalle tan superfluo y tan ciudadano que conmueve… Se siente que haya dejado de tomar el café confortador ese ser  con buenas aficiones… Enternecen las cafeteras y se las mira con cariño, con benevolencia…»

 

El Carnaval y Ramón

Empiezan a aparecer noticias que nos informan sobre los preparativos del próximo Carnaval. Pienso que, actualmente, esta fiesta tiene más impacto en los pueblos que en las grandes capitales dónde no se percibe el ambiente de júbilo. A veces podemos encontrarnos por la calle a personas disfrazadas que se dirige hacia algún recinto público o privado.

Ramón no solía participar en actos multitudinarias; sin embargo, como defensor de las tradiciones, solía acudir al carnaval con algún amigo para observar los cambios que se producían de un año a otro y poder escribir lo que sentía. El 19 de enero de 1934 publicó en el diario Luz un artículo en el que expresa su opinión sobre esta fiesta.

Comparsas y carrozas

«Ya andan por ahí sueltas las comparsas con sus hongos antiguos y sus chaqués a rayas. Bombonean la noche y beben todo el vino que pueden. Se les va poniendo poco a poco cara de valdepeñas. Lo que tiene de más o menos revuelto el poso de Madrid se nota en estas manifestaciones preambulares del Carnaval.

El que tiene buen oído puede augurar por la resonancia, por el eco en los faroles y esquinas, si la turbamulta es más o menos espesa y si la villa retrocede o avanza. Por cómo son acogidas por la noche estas comparsas crueles y desaforadas se sabe si el ambiente es más o menos hambriento o mucho menos astroso. Que resuenan mucho los zambombazos al bombo, pues eso es que el comercio no está bien y los sueños están vacíos de ilusiones. Que es mate el ruido y se apaga en las calles, eso es que hay cierta abundancia y los egoísmos tienen dos colchones.

La charangada de este año produce un efecto expectante y no se puede juzgar del todo bien de su acústica. Hay un “veremos a ver” esperanzado en la última sonoridad de los chinchines energuménicos. Parece como si la manzanilla se mezclase al valdepeñas.

Pero en el prólogo del Carnaval, que es lo sintomático, porque después el Carnaval en sí es rápido fuego de artificio que arde pronto, hay otra preocupación significativa: la de los proyectistas de carrozas. Las carrozas denuncian les tiempos que corren. Los tiempos inocentes tenían carrozas que se titulaban “Las gatitas blancas”, “La castellana y su séquito”, “La puerca cenicienta”, “Compuesta y sin novio”, “Girasoles”, “Golondrinas”. Después vinieron las carrozas apachescas y diablescas, aunque siempre se entremezclasen con ellas las carrozas floreales, carrozas más para batallas de flores que para la batalla del Carnaval, que es cruenta, y como guerra que es, y guerra moderna, lleva caretas antigasógenas contra el mal piropo y el mal proyectil.

El proyectista de carrozas se queda muchas veces con su proyecto, pues resulta demasiado imposible de ser llevado en un camión. Acariciará siempre su idea fallida como un dramaturgo que no pudo estrenar y se lee su obra en las noches nostálgicas de su invierno. El creador de carrozas que se sale con la suya se siente feliz arquitecto de la vida, y cuando ve realizada su concepción, que, encima, va a buscarle a casa todas las tardes de la Carnestolenda, se siente un poco entronizado en su idea.

La carroza histórica ha dejado sitio a la carroza original. Ahora no basta encontrar la idea de una carroza que se titule “Olla de grillos” o cosa por el estilo; hay que llegar al “cocktail’ más atrevido, aunque vuelvan a aparecer los hórreos con gaita. Este año se anuncia ya un proyecto de mascarada en carrozas que se titula “Los siete pecados capitales”, entre los que se van a meter “de extranjis” dos carrozas más: “La barca de Caronte” y el “Trono de Minos con su corte Infernal”.

La carroza titulada “La lujuria” llevara detrás esa multitud a la que mueve ese viento de expectación que levantan las carrozas tentadoras; la de “La envidia” crispará con su amarillez, “La pereza” tendrá también que ver, pues supongo que todos irán en la cama. El tiempo—cada tiempo—también inventa sus carrozas, que no .se llevan a cabo, pero que en el recuerdo de los años se las da como existentes y como si hubiesen pasado por delante de nosotros.

¿No hemos visto un Carnaval “La carroza del hambre”? ¿No hemos visto otro “La carroza comunista”? ¿No hemos visto alguna vez “La carroza de los dictadores”? Madrid a muchas cosas no las dedica más que una síntesis de carroza de Carnaval, y en su día aparecerán en  nuestra imaginación como carrozas inciertas “La carroza del fascismo” y “La carrozas de las Gretas Garbos”, mezcladas siempre a ese fondo de carrozas tartas y carrozas “cestas do Navidad” que se interpolan en la procesión carroceril.

¿1900 no fué una carroza de “Corte de Amor” en unos juegos florales? ¿1913 no fué la carroza “Copas de champagne”.?  ¿1924 no fué la carroza “Banco de Oro”? ¿1929 no fué la carroza”¡Chitón!”?… ¡Qué distancia entre aquellas carrozas antañonas que siempre conmemoraban el “Descubrimiento de América” y estas carrozas audaces que sintetizan el presente, que son como apoteosis burlesca de la actualidad!

Madrid no tiene tracas, no simboliza sus peleles en fiesta de pólvora y fuego, poro se reserva para sus carrozas y realiza en ellas “ministerios de concentración” de todos los tópicos actuales, descubriendo su materialismo o su idealismo, según lo que de bisiesto hay siempre en febrero, mes zurdo, mes un poco bisojo y otro poco rengo.

Entierro de lujo del gusto o del mal gusto de cada año es el que se celebra con el desfile de las carrozas. Es una especie de número de circo como ese de los cuadros plásticos, cuando diez figuras enharinadas y con algo de estatuas componen el abecedario de un friso, la simulación de una batalla, el “Ángelus” del segador Millet.

En la carroza muere el dragón del lugar común de cada temporada, y es arrumbado al almacén de los trastos desusados el tema que aun estaba insupuesto en el mundo de las carrozas, pero que, ya lanzado, pierde su originalidad como un yeso roto.»

Este artículo, como todo lo que escribe, refleja su personalidad sin tapujos con la sensibilidad que muestra hacia los proyectistas de carrozas cuyo proyecto y trabajo han sido ignorados.