«La romería de San Isidro» según Ramón

Ramón describe en el capítulo XXXIV de «Elucidario de Madrid» la romería que se celebraba para honrar a San Isidro. Una celebración a la que acudían personas de todo tipo para disfrutar de un día de asueto a la orilla del Manzanares. Como estamos acostumbrados, convierte parte de su relato en un poema: «La romería de San Isidro tiene ese encanto pueblerino y silvestre de pasear a la orilla del río, junto a esa vena sincera de la tierra que es el agua corriente que va a dar en el mar».

Empieza descubriéndonos su origen:

«Esta romería, si nos atuviésemos a la verdad primera, habría que llamar de San Isidoro, pues así es como se oyó llamar en vida este Santo, al que, para mayor brevedad y facilidad del nombre,  ha  convertido  el  pueblo  en  San  Isidro.  El  Códice   de  Juan  Diácono,  que  es  el documento más esencial en la determinación del nombre del patrón, dice:

«Magne virtutis titulo,

      Collandemus egregium,

Divina laude sedulo,

   Exemplar vigilancium

    Ex meritorum cumulo.

             Sanctum virum Isidorrum.»

Así es que la verdad es que el afortunado labrador se llamaba y «tendía» por nombre de Isidoro, que significa «don de Isis». Pero como lo que menos se puede variar es el nombre de una romería, sólo aclaro la verdad, porque sé que le gustará a la gente establecerla en su memoria, aunque siga con la rutina imperecedera.

La adoración de San Isidro no es de las que amedrentan o compungen, y por eso su pradera está llena de alegría, carrouseles y columpios. San Isidro convida a merendar, a tomar roscas y a sentir la flor del anís de los adentros,

Mientras tenga el paraje de San Isidro esa horizontalidad de tierra arable en la que se imagina uno a la yunta en caminata regular de un lado a otro de la pradera, nos representaremos bien a San Isidro. La mayor fuerza de este ferial es esa de su cosa rústica, escalonada con su antiguo asiento de tierra laborable y desnuda a la otra orilla de Madrid, distinguiendo la primera romería de la última en lo que sus desmontes pierden de ingentes. Nos sentimos del otro lado del mundo. Hemos descendido a pie hasta la pradera. Es el día de medir Madrid y darnos cuenta de su realidad en perspectiva.

Ya no madrugan los habituales de la pradera. La procesión principal aguarda a media tarde. Las gentes de poder, en vez de bajar, como antaño, en sillas de manos, calesines, diligencias, carretelas u otras arcas de Noé por el estilo, precipitando el ritmo un poco de entierro que debe tener la comitiva de la fiesta, bajan ahora en automóviles y «motos».

Los pobres de antaño continúan, como si fuesen inmortales, como si, igual que esos muebles contrahechos que pasan de prendería en prendería, ellos hubiesen pasado de época a época sin que el desgaste ni la muerte los quisiera consumir. En el estilo aleluyesco que siempre ha merecido esta fiesta, se escribió entonces, y se puede repetir ahora:

«En días tan divertidos,

  la corte de las Españas

saca a lucir sus nidos,

en lisiados y tullidos,

           las visiones más extrañas.»

Los pobres de antaño pedían en latín para dar más solemnidad a la limosna, para que las gentes se diesen cuenta de lo litúrgico que es dar un ochavo. En latín de pobre de pedir limosna decían: «Facitote caritatem

Los gitanos que viven en las cambroneras, a un paso de la pradera, han pasado a pie el río y dan tipo de gitanería a la fiesta, poniendo en ella esa sombra nómada que le dan sus tiendas de campaña y sus tenduchos. Domina la gitanería, pues ya van pocas damas de alta alcurnia, de  aquellas que, al decir de doña Dolores Gómez de Cádiz, iban «vestidas de glasé».

Todos los que van leen en la tosca lápida de la ermita la siguiente décima, que no se recomienda ciertamente por la gracia de la dicción ni la sublimidad de los conceptos:

    «¡Oh aijada tan divina

                 como el milagro lo enseña!

           Pues sacas agua de peña

   milagrosa cristalina,

         el labio al raudal inclina

   y bebe de su dulzura,

        pues San Isidro asegura

            que si con fe la bebieres y

calentura trujeres,

        volverás sin calentura.»

En la pradera, a la vera del río, todos nos encaramos con el Manzanares. La romería de San Isidro tiene, pues, ese encanto pueblerino y silvestre de pasear a la orilla del río, junto a esa vena sincera de la tierra que es el agua corriente que va a dar en el mar. Además en ese puente nos salen al encuentro San Isidro y Santa María de la Cabeza —ven pasar a la multitud, y ellos no se apresuran—; Santa María siempre yendo a la fuente con su cántaro o a la tienda otras veces —cuando nos la encontramos en otras calles—, con su alcuza de aceite; ella es la buena mujer del labrador de Madrid, desgraciado, inadvertido, viviendo siempre en una casilla, sólo con planta baja, al otro lado del río.

Recuerda la fiesta de San Isidro, como un remedo persistente y violento como un sartenazo, la remota época en que la humanidad era tribu trashumante y todos se entremezclaban en las cañadas o valles de la vida. Se siente el hedor y el rumor antiguo de aquellas multitudes pastoreantes. Por un día se incurre en aquella aglomeración arcádica.

Nuestra romería no se distribuye y se ordena, sino que es la más espesa y enredada que se conoce, y en eso ha estribado precisamente el encanto de ese madrileño guisote popular. Agranda la pradera esa espesura de gente en el laberinto de la gente. Los tiovivos por eso son redundancia en medio de esta multitud que da vueltas; tanto, que llega a sufrir de mareo por lo giróvaga que es.

La «isidrada» está en decadencia, porque todos bajan buscando la fiesta antigua, en vez de buscar lo que tiene de fiesta sobre la costra del mundo y frente a una visión idéntica de antaño. No es verbena esta fiesta. La verbena es del atardecer y de la noche. No es romería tampoco; la romería es algo más blando, soporífero y soñoliento. Es feria de Madrid, santo del patrón desproporcionado de la desproporcionada capital de las Españas.

Ya no canta en la pradera, como esos días silenciosos en que hemos ido a visitarle antes de hoy, el rodorín del grillo —he dicho el rodorín del grillo, y no hay quien lo mueva, porque esa gracia que hay en el fondo del silbato es lo que suena en el grillo—. Llega ahora un ruido espeso, de voces que se mueven. Todos los paletos que estos días preguntan en todos los tranvías que van a la Puerta del Sol: «Va a la Puerta del Sol?», están ya en la pradera. San Isidro es el mito del labrador, y casi todos ellos son labradores, San Isidro, como un rejoneador, se apoya en el rejón del arado como el tío del pueblo que hace eso mismo con una gran cayada. Las campanas de la ermita aumentan el ardor dando vueltas y destrozándose. ¡Qué dolor de riñones tendrán al final!

Como abundan tanto los militares en la fiesta, y las barracas y tiovivos tienen un techo de lona como el de una tienda de campaña, da la sensación el conjunto como de un ejército que vivaquea  y al que ha venido al pueblo a ver, como en esas zarzuelas en que hay militares y paisanos.

Se mezclan a la vida y a la realidad de la fiesta los humos de aceite espeso que salen de los puestos de comida y bebida y de las churrerías; los pobres que pululan por la pradera y que con sus caras de leprosos hacen más romería esta romería; la guardia civil a caballo, con sus sombreros enfundados de blanco y con su correaje amarillo, nuevo, formidable y vistoso; los desmontes, por los que se tiran los chiquillos y los alegres chatos y las descosidas filipinas.

Las ruletas que juegan cajetillas y «bibelots» de caramelo hacen más giróvago el conjunto, que tiene ya, por sus tiovivos y por sus «ruedas persas», en  que se cangilonean las parejas temerarias, algo de gran Montecarlo popular, en que todo gira, jugándose las pocas fichas de nácar que flotan en el cielo de la tarde, y entre ellas la ficha máxima de la luna, transparente y confusa en el claro cielo.

Los columpios de la pradera son los columpios aviadores, columpios frenéticos que llegan muy a lo alto en sus evoluciones, resultando algunos como dos largas aspas de molino, en cuyos extremos hay gentes que unas veces bajan al abismo y otras suben al cielo como fuera del espacio.

Toda la multitud parece que bailan bailes desordenados en rueda, en masa, al son del aristón. En la mezcla de unos con otros hay como una gran sardana.

Quizá ha entibiado también la romería el que en vez del peleón de Arganda, de la «ratafía» y del «hipocrás», mezclados siempre a la «flor del aguardiente», se bebe mucha cerveza mezclada a la «flor del aguardiente», se bebe mucha cerveza mezclada al agua de la fuente de «la Salud», la fuente del Santo, cuya agua convendría hervir antes de tomarla, pues hervida conservaría sus facultades milagrosas y perdería sus inquietantes microbios. Además, casi todos un poco en régimen de no engordar —magnífico pueblo convertido a ese régimen―, ya no se dedican a los grandes atracones de huevos fritos, lacones, perdices y escabeche con postre de rosquillas y bollos de Fuenlabrada.

La perspectiva de Madrid desde la pradera entra en el encanto de estar en ella, y se ve la ciudad castellana, que es construida sobre un monte, en cuyo barranco, lleno de huertas y chozas, estamos. Al goce de esa perspectiva de Madrid se une en la retirada la otra perspectiva; la de la pradera llena de gente garapiñada, viva y hormigueante, en contraste con los cementerios de cipreses erguidos, cementerios de los que, en la hora del atardecer en que ascendemos a la ciudad, parecen descender esas lucecitas amarillas que comienzan a brillar  en los puestos, tiendecillas y barracas  de la feria como amarillos y leves fuegos fatuos…»

Lo que más inquieta a Ramón es que pierda su carácter tradicional porque, para él, las costumbres de un país son los aspectos que lo definen y si ese país es España, representado en este caso por Madrid,  su preocupación se acrecienta. Comparto su interés en mantener nuestras tradiciones y aunque con el paso del tiempo evolucionen, releamos los textos costumbristas para conocer y no olvidar nuestro origen

«El milagroso labrador» por Ramón Gómez de la Serna

El capítulo XXXIV de «Elucidario de Madrid», Ramón lo dedica a San Isidro, el patrón de Madrid. En este relato manifiesta su sensibilidad y admiración por la sencillez, humildad y armonía del matrimonio formado por San Isidro y Santa María de la Cabeza como ejemplo de otros muchos labradores de su época.

Este santo atípico representa al pueblo madrileño. Un santo jovial, trabajador, modesto, tranquilo y campechano que sólo tuvo la tristeza de morir. Es el labriego de Madrid que se dedica a la contemplación de la perspectiva de la ciudad en la ladera del río Manzanares, mientras los bueyes guiados por los ángeles hacen el trabajo para permitirle rezar.

El milagroso labrador

«A las reprensiones de su amo porque ora y descuida la labor responden los ángeles haciéndola adelantar, y a las dadivosidades del Santo con el grano del amo responde el milagro acreciendo las sacas de trigo. Ese amo gruñón, que no comprende la paz espiritual de la contemplación, es el que más obliga a San Isidro a declararse milagrero, complaciéndose mucho en darle una lección de agua haciendo brotar una fuente en la pradera enarenada de seco sol.

Todo es sencillo en San Isidro, hasta el milagro de salvar a su hijo del pozo en que cayó, pues las aguas comenzaron a crecer y se lo devolvieron a flor del brocal como muñequillo de porcelana flotante, como bebé insumergible.

También representa San Isidro el ideal nacional de que los ángeles sean los que aren con sus yuntas blancas los campos pedregosos y difíciles, llevando el arado como tiralíneas sin ripios. Esos concursos de labrador  en que se premia al que lleve más recto el arado en derechura del horizonte, siempre los hubieran ganado los ángeles.

San Isidro tuvo, además, la suerte de que su esposa fuese una Santa, pues su único pecadillo fue charlar con vecinas y conocidas cuando se las encontraba yendo por una alcuza de aceite ó un cuerno de vino, pasando el puente que une el Madrid del campo con el Madrid cortesano. La pobre esposa, arrugada en la áspera vida del campo seco y lleno de heladas y de rigores del sol, era la buena asistenta del marido. Primero no se la canonizó á ella, quedando postergada al marido; pero por fin, como reuniendo al matrimonio en círculos superiores, se acabó por declararla Santa María de la Cabeza. Es encantador este matrimonio canonizado, que no conoció lo que con toda clase de eufonías se llama «reyerta conyugal». Se les ve llevándose muy bien, muy sentados frente á la escudilla común en que ella había sazonado el puchero de la tarde, con sustancia de estrella vespertina, que le daba un regustillo a tuétano del día.

Es San Isidro el Santo al que se recurre más y al que se despierta con más insistencia para prolongar las aleluyas amarillas de sus milagros. En cuanto había una sequía o el Rey se ponía enfermo, se acudía al Santo, se le destapaba, y a través del cristal de la tapa se veía cuan largo castellano fue. Así como en las horas de heroicidad se acude al cofre del Cid, en las horas de alarma se acude al arca de San Isidro.

La ceremonia de llevar a palacio el esqueleto de San Isidro para que salvase a Carlos III es interesante:

El Rey acaba de responder al patriarca que le ha preguntado, según es de rúbrica en el ejercicio de la Extremaunción, si perdonaba a sus enemigos: «¿Pues había de aguardar a este punto para perdonarlos? Todos fueron perdonados por mí en el mismo acto de la ofensa.»

El monarca, después de esas palabras, manda que lleven a Palacio los sagrados cuerpos de San Isidro Labrador y de Santa María de la Cabeza, su esposa; cosa que se realiza al instante, y se forma la procesión, delante de la que va el pertiguero con su ropa y vara; los acólitos, con sus roquetes, alumbrando con hachas; los sacristanes menores, los mayores y los cantores, todos de sobrepelliz, con velas; y los canónigos, con sus hábitos corales; etc., etc.

Después sacan el Santo del féretro, a trueque de que se convierta en polvo, y le acercan á la cama de Su Majestad., percibiéndose entonces, como siempre que se saca y se orea al Santo, sin ambigüedad alguna, la fragancia milagrosa que siempre ha echado de sí desde que fue desenterrado del cementerio. De la Santa también le presentaron al Rey el cráneo y «dos huesos de las canillas», que no se sabe por qué pidió expresamente Su Majestad.

La última vez que se ha abierto el arca de San Isidro ha sido hace cinco años, a propósito de su centenario, descubriéndosele de nuevo en el baño de su inmortalidad, con el cuerpo unido y entero en huesos, carne y piel, a excepción de que tenía algo comidos o gastados los labios y la punta de la nariz—arrechuchos de la muerte—, y también le faltaban la mayor parte de los dedos de los pies y dientes de la boca, y un poco de la carne de la pantorrilla izquierda.

San Isidro es el labriego de Madrid, reservado, cargado de espaldas, con tipo de Pérez Galdós con túnica, y que se dedica á la contemplación de la perspectiva de Madrid,  como si ése fuese su principal oficio. Siempre le vemos á aquel lado del manzanares, en aquella cama del río, bajo los toboganes de los montículos, sentado y mirando a la ciudad, mientras los bueyes tardos seguían un paso rítmico por salvarle del trabajo, por dejarle contemplar, por permitirle rezar

Un relato minucioso para quienes deseen conocer la historia de personajes muy conocidos de nombre, pero nada más.

«Compañeros de jaula» por Ramón

Durante su estancia en Buenos Aires, Ramón solía visitar el Parque Zoológico para disfrutar al aire libre y poder observar el comportamiento de los animales. Sus certeras conclusiones implican la capacidad de convivir distintas especies en recintos pequeños sin graves problemas. Ramón reitera sus principios contra cualquier tipo de violencia entre nosotros, «animales racionales» y comparto sus ideales.

Plauto (254-184 a. C.) en su obra Asinaria afirmaba «El hombre es el lobo del hombre» (Homo homini lupus) y, pasados los siglos, no hemos evolucionado en este sentido. Cada vez que leo las noticias percibo que todo seguirá igual, salvo raras excepciones. Ojalá y los humanos aprendamos de los «llamados animales» estas normas de convivencia.

Compañeros de jaula

«Como empedernido observador de Parques Zoológicos he tenido ocasión de ver extraños connubios de animales.

He visto una hiena y en la misma jaula un perrito de aguas, he visto la convivencia del pato y el rinoceronte, he visto a la jirafa unida al gnu, he presenciado la unión del ciervo y el jabalí, etc. etc.

Desde luego es extraño como los pájaros sueltos en los jardines de los zoológicos visitan sin miedo las jaulas del león y del leopardo y el gato se atreve a entrar en la jaula del cóndor para robarle alguna piltrafa de la carne sobrante que le dan.

En la suma de experiencias que tengo anotadas hay un saldo a favor de la benignidad de los animales unos con otros.

A veces no sé en qué ha concluido alguna de esas experimentaciones de director de parque zoológico y como no le pueden hacer preguntas porque está siempre estudiando historia natural metido en su gárgola, no sabré nunca qué pasó con los cuervos que vivían con las águilas en una gran jaula de la roca blanca ¿Acabaron por comérselos? ¿Pidieron ser trasladados a una celda menos peligrosa?

El director del parque se entretiene así y comiéndose de vez en cuando un cachorrito de león o una buena cría de conejo o como se dice en portugués «un casal de Pombo (Paloma/o)».

De las carambolas que hace con los animales, logra sorpresa como la junta de camellos y dromedarios que produjo una prole con tres jorobas.

En vista de lo que sucede insisto en que deben fomentar los parques zoológicos. El parque zoológico tiene una misión que cumplir contra la agresividad humana. Gracias a la visión de las fieras, se puede llegar a comprender que la violencia es animal, absolutamente animal, vergonzosamente animal.

La lección de la jaula sobre el hombre es esa y como va muchas veces solo a esa contemplación al ver un tigre de Bengala en perpetuo rezongo agresivo aprendería a no imitarle, es posible que adquiriese el horror del ensañamiento.

No hay mayor belleza en la vida que el verse libre de ese sentimiento horrible de la ferocidad, logrando la gracia tranquila de la pacifidad, siendo más hermoso ser víctima que horripilante agresor de conciencia infrahumana.

Son necesarios en la vida los Parques Zoológicos para fomentar ese contraste, pero también son necesarios los cercioradores, o sea buenos hombres que fomenten los buenos sentimientos, que ensalcen la verdadera bondad de la vida, que den la razón a los que han acertado con el buen vivir, con la buena postura contemplativa y conformista.

El espectáculo de los animales gana en épocas así y resultan los verdaderos racionales, los amables inconscientes, los amables compañeros de vacaciones.

Si hubiese abonos para un año para entrar en los zoológicos yo tendría mi correspondiente abono.»

«Domingo de Ramos» según Ramón

Ramón publicó el 25 de marzo de 1923 en El Sol un artículo sobre el día que celebramos hoy. Este año la Semana Santa se ha retrasado y el Domingo de Ramos parece que se podrá celebrar sin amenaza de lluvia, algo inusual pero que permitirá la salida de las procesiones y el disfrute de las personas que las acompañen llevando las palmas.

En su artículo, Ramón hace un recorrido poético de este día desde muy temprano, cuando todavía se están preparando las palmas. Nos muestra todo tipo de palmas que coinciden con el tipo de personas que las compran y, como siempre, su preferencia no está en las palmas sino en los sencillos olivos que recogen otras personas y que simbolizan este día. Un gran artículo sobre nuestras costumbres escrito con sensibilidad y humor.

Domingo de Ramos

«Es como uno de esos días alegres de correr las fuentes que se producen en los sitios reales; es el día en que los surtidores de las palmeras se suspenden en el aire.

Casi desde la noche anterior toman sitio las “palmerieras”, y en el alba gris hay ya un rayo de sol al comenzar el día, giradas a las palmas.

Las palmeras guisadas con azafrán esperan su mediodía, la hora en que también los arroces están en su punto. No saben aún desde tan temprano qué día hará hoy, pero esperan, anhelan con todo su corazón que sea un día de sol. Si no hiciese sol se quedarían abrumadas, como caídas ráfagas del sol de otros días.

La maestra, la que teje, riza y compone las palmeras está afanada en empingorotar uno de esos moñetes rubios, haciendo a la palma infantil un peinado de niña antigua.

Las palmas regulares, esas que tienen el tamaño de una persona y que están adornadas a un lado y otro de un dorsal con costillas deducidas de la misma palma, imitan un esqueleto, algo así como, un esqueleto.

Después vienen las palmas largas, las palmas sin ringorrangos, las palmas esbeltas, las verdaderas palmas surtidores.

Esas palmeras son plumas amarillas, péñolas del Domingo de Ramos, las péñolas con que el Creador pone su rúbrica en el día solemne.

Son las palmeras las plantas que crecen por un solo día en la calle estéril y yerma de la ciudad, alrededor de la iglesia gris con flecos de lluvia. Todos los vecinos se asoman a ese jardín de una sola mañana, que no se olvidará en todo el año, pues fue el día de beneficio de la calle, algo así como el día en que el cuarto de la artista se llena de “corbeilles”.

Primero llegan las criadas que tienen que hacer el desayuno para las siete y media, y se llevan ramos de olivo, modestos ramos de olivo, que colocarán a la cabecera de la cama, metiéndolos en la cartera de cartón del viejo almanaque, que tienen como santo ya que no encontraron otra cosa. El olivo es el ramo austero, y si mezclan al olivo un poco de romero, no es para merecer más indulgencias, ya es un poco más para placidez del olfato. El olivo es el que vale; el romero crecía junto al huerto de los olivos, pero frente a la distracción de Jesús.

Después, a eso de las ocho y media—las que más temprano vayan adquirirán más méritos—, van las viejas pensionistas del barrio o las que están de caridad en casa de unos amigos sin hijos, o las suegras viejas que viven con sus hijas o sus hijos casados. Esas ancianas de manteleta negra, a las que siempre entuerta un ojo una punta de la manteleta, compran varias perras gordas de olivo y de romero, pues ese día hacen a sus protectores—hijas políticas o yernos— el regalo que se agradece tanto, el regalo de la paz, el regalo que “espliega” las alcobas de los que aún no se han levantado, y comienza abonanzando su mañana de domingo, llevándola recuerdos antiguos.

Un poco después ya van llegando al estrado de las palmas las que se llevan las pequeñitas, las de niña de primera comunión, las parvulillas, las ochavadas, y, por fin, llega la hora de las que son esqueletos optimistas y de las que son vástagos de pura palmera, que se cimbrea en el aire con agilidad bailarinesca.

Y de los aledaños de la iglesia se van desprendiendo las pequeñas procesiones de papás que llevan delante a la niña enarbolando la vistosa palmera de rústica filigrana, la niña que va como con un sombrero de primavera nuevo o como cuando el día de su primera comunión pasó con una vela rizada, también muy en candelero, por en medio de la ciudad.

Pero entre todas las pequeñas procesiones que atraviesan la ciudad, la que llama más la atención es esa familia de gente muy retaca que ha comprado la palmera más alta — ¡oh ley de los contrastes!—, una palmera que les convierte en más chicos, que es como lanza inconmensurable en mano del papá, que es el que se atreve a llevarla. Es la lanza de Don Quijote en manos de Sancho.

Y mientras, alrededor de la iglesia se ha verificado un simulacro de los que evocan lo que han pretendido evocar. El cura se ha dado una vuelta alrededor de la iglesia entre palmas, y su camino ha parecido ser el camino largo de aquella mañana bíblica y la arquitectura de la ciudad ha cambiado y los guardias se han convertido en centuriones y los mantones en túnicas.

La ciudad, su hora, todo ha retrocedido en el tiempo y se almuerza en una Jerusalén antigua, con fresco apetito antiguo, sintiendo fuera, un día más crédulo, un día en que el bizcocho del domingo tiene un color de pura canela…»

 

Miradas de Ramón

Ramón comentaba que «El buen escritor no sabe nunca si sabe escribir.», un razonamiento  que, como él,  sólo los grandes escritores harían. Si al talento del escritor se añaden sensibilidad, emoción, inteligencia y la capacidad de observar su entorno sin trabas ni prejuicios, obtendremos una literatura superior para deleitarnos experimentando nuevos sentimientos. Un ejemplo de esta literatura es la que Ramón dejó en diversos diarios y escritos dispersos que no deseo que queden en el olvido:

 ― El Retiro huele a ternura de las hojas, a primer amor pasional.

― Los faroleros parece que encienden en la luna la lanza luminosa, con la que después desparraman la luz mágica y muy pálida por los faroles de la ciudad.

― En un barrio distinto al del resto de las casas blanqueadas hay unas guardillas que tienen ventanas informes de casa de pueblo, conjunto de guardillas que forman un pueblecito tributario de la ciudad, algo así como una aldea perdida, en la que debe haber los domingos romerías con vendedoras de avellanas sentadas en las praderas de los tejados.

― Cuando se rompe un cristal y se repone orlándole con la masilla reciente, toma la casa un aspecto de renovada y tierna… Se rejuvenece… La masilla seca y del color de la vejez del tiempo hace a los cristales antiquísimos… Rompámoslos, por eso, de vez en cuando.

― En las botellas de cerveza quedan a veces, después de haberlas vaciado, unos glóbulos de aire, unas pompas vanas, que son como el alma del líquido escanciado.

― Los melocotones y los albaricoques se sienten con calor embutidos en sus trajes de terciopelo… Al mondarlos y desnudarlos se les siente apetecer la frescura, sentirse dichosos, no importarles ya que nos los comamos.

― Los tibores japoneses dan un gran fresco en verano… En la penumbra de la casa que los posee ponen la nota refrescante de su gran porcelana.

― El arco del violín cose, como aguja con hilo, notas y almas, almas y notas.

― La luna es como un espejito con que la vecina impertinente y juguetona refleja el sol en los ojos del asomado al balcón.

― Me gusta ver las grandes orquestas de violines, porque la oblicuidad movida de los muchos arcos simula una especie de lluvia musical.

 

 

«Bautizos castizos» por Ramón

Los bautizos se han convertido en una operación de mercadotecnia y pienso que se ha perdido un poco el verdadero significado de esta celebración religiosa, incluso hay listas de regalos para un bebé que sólo abre los ojos sin ver y sus pequeñas manos son incapaces de coger nada. Personalmente y,  respetando todas las opiniones, prefiero las celebraciones religiosas íntimas.

No es nada nuevo,  en el año 1923 el boato de los bautizos era similar a nuestros días y Ramón lo expresó en el artículo que publicó en el semanario satírico Buen Humor. Un texto simpático y tierno en el que mezcla su ironía sobre el alarde, con la humanidad sobre la humildad

Bautizos castizos  

«Nuestros bautizos nacionales parecen siempre el bautizo del rey de Roma. Se despierta toda la fe y la ambición de los mayores ante cada nuevo badulaque que nace. La mentira y la obsesión engañosa de la vida se imponen. El cerebro radioactivo del nuevo reciénnacido parece que va a ser el cerebro del genio, de la lumbrera de la época, del hombre que necesita el porvenir.

El padrino quisiera arruinarse en el acto del bautizo, y que hicieran arcos de flores en el trayecto del bautizo. La madrina saca del rincón secreto e inencontrable, donde la mujer guarda sus ahorros, unas cuantas onzas para quedar bien, para que el bautizado se acuerde de ella cuando sea mayor y la proteja si entonces está desvalida.

Las madres castizas tienen la ropa de cristianar más espumosa, crecida, caudalosa de las que se usan por el mundo. Visten al niño como se viste el Pontífice el día en que toma posesión de la silla pontifical. Se pierde el niño en las olas de encaje, es envuelto como esos puros de circo que parecen primero un regalo suntuoso y voluminoso, hasta que, después de desenvolver papeles y papeles, sale el purito diminuto y retrechero.

Hay un momento en los bautizos solemnes en que no se puede ver al niño, porque está envuelto ya para salir a la calle, y la última sobrepelliz y la capa última y pluvial le han sido impuestas ya. Sólo el corte de un terreno rico en antigüedad podría presentar tantas capas distintas como el niño que va a ser cristianado.

Cualquier extranjero que viese como abulta uno de estos niños envueltos en rico trousseau bautismal, se creería que se trataba del bautizo de un gigante o de un picador nato. Sólo si el extranjero oye llorar en el fondo del lio de ropas al niño diminuto, se dará cuenta del engaño presuncioso, presuntuoso y alardeante del bautizo típico. ¡Qué enterrado el leve maullido del gatito incipiente!

La pequeña doncella o niñera que a veces conduce al niño entrapajado y como muy batido en la cocina bautismal como se bate el chantilly para que aumente, desaparece debajo de la pirámide de cosas, y es como lavandera que lleva a cuestas el enorme saco de la ropa blanca.

A veces es la madrina delgada y consumida de solteronía aguda la que conduce al ahijado, y se teme por ella como si fuese cargada con un fruto que no pueda sostener. Es como uno de esos arbolillos a los que hay necesidad de poner un puntal.

Ante esos bautizos de gran mundo resultan roñosos esos otros bautizos que realiza la abuela pobre llegándose un momento a la iglesia a que la cristianen al retoño. Parece que el niño es mucho más pequeño que los otros — muchas veces es mayor — y que está liado como esos cigarrillos que ciertos fumadores tienen el defecto de liar muy finos.

Ese niño, sin las espumas y los rebatimientos de los niños de promontorial traje de cristianar, es como un esparraguillo triguero, algo así como un polichinela de verbena, un niño barato y de confección más al por mayor.

Es gracioso también ver en las iglesias cómo se desembalan los niños frágiles, cuya cabeza, la cabeza que se necesita imprescindiblemente para que el cura pueda bautizar al rorro, no se encuentra por ninguna parte. Como a esos objetos del Japón perdidos entre la viruta del embalaje que siempre les falta la tapadera, nadie encuentra la cabeza del niño.

Después, en los cafés en que se festejan los bautizos castizos y rumbosos, ante el poderoso y abultadísimo recién bautizado, el camarero pregunta:

— ¿Chocolate con mojicón para el niño?

Y si el padrino le contesta una barbaridad, el camarero suele contestar:

— Usted dispense; pero podía ser un catecúmeno.»

Portugal y Ramón

Ramón era un fugaz trashumante que siempre regresaba a Madrid. Después de varios viajes a Paris, Suiza e Italia y cansado de que lo consideraran «un loco» y de que su literatura no fuera comprendida aunque hubiese publicado El Rastro, en 1915 decidió hacer una escapada a Portugal para liberarse de «ese ambiente turbio y alevoso del Madrid de los ramplones» que caracterizaba la intelectualidad de esa época en España. Con el apoyo de sus amigos, dejó su querida tertulia de Pombo, pero regularmente les escribía cartas para tenerles al corriente de sus hallazgos. He reunido las impresiones que Ramón manifiesta sobre este bello país en  Automoribundia:

«Allí encontré sol y aire de últimos de siglo, un lado del mundo rezagado y cordial, lejos de todo, lejos de Europa, lejos de América, un escondite de gaviotas.

Aquel viaje me hizo más adepto de la peligrosa religión, de la franqueza, acabó de acrisolar mi rebeldía contra la intriga y la deslealtad, ¡me volvió más loco de verdad íntima!

Allí confundí los tiempos y quedó en mí una ternura herida. No tuvieron la culpa de eso las personas sino el ambiente tierno; los ojos vivos de las horas de otra época. Fue demasiado aquello para un joven ya de por sí obcecado en el deseo de nobleza.

Descubrí que somos muertos de otro tiempo  que podemos resucitar si encontramos un tiempo más tempranero y más irreparable en el que estamos viviendo.

Mi sensación era que había huido y vivía la eterna juventud de los amantes a los que nadie pregunta nada y los reciben en los gabinetes más honestos del mundo.

Yo era un estudiante perdido y la literatura sólo era idilio, mirar por las ventanas el campo y el mar.

Las persianas de los balcones eran biombos entre la realidad y la ilusión que ponían a los dos elementos dispares en confidencia de celosía.

Allí no se reía nadie de la inocencia y una cortesía especial presidía las relaciones sinceras de la amistad.

Equivoqué más el mundo queriéndole como debía de ser, en las calles de Lisboa, en sus pueblecitos de alrededor, en sus palacios carnosos en medio de boscajes oscuros.

El recuerdo de Portugal me iba a revolver como un disidente contra todos los monstruos que hipócritamente se disfrazaban de no monstruos.

Portugal es una ventana hacia un sitio  con más luz, hacia un más allá pletórico, es una larga galería de cristales que afronta una luz más cálida y un aire más yodado.

Para definir ese ambiente fluido y dulce de Lisboa, les diría que es un ambiente en que sueñan las cajas de música, aquellas cajas de música de menudas notas, de hondos «ayes», de sutiles suspiros, de leves vibraciones en sus peines de metal, aquellas cajas que hacían vibrar todo el terráqueo con ese poder que sólo tiene la vibración sutil…

Tan cariñosos y afables son estos ambientes, que yo he visto entrar un pajarito en un café, y le he visto jugar sobre las mesas, y le he visto marcharse cuando se le ha antojado.

El «Reflorecimiento de los libros» según Ramón

En mayo de 1923, Ramón publicó en el diario El Sol este artículo en el que trata uno de sus temas preferidos, los libros viejos. Como siempre no se limita a hablar de ellos como simples objetos, tienen su personalidad y sentimientos según la época. Tampoco  puede olvidar el esfuerzo y dificultades de sus vendedores, sensaciones que, insisto, demuestran su gran humanidad. La brevedad del texto no impide que aflore su lenguaje poético.

El Reflorecimiento de los libros

«La feria de libros viejos ha conseguido realizar un antiguo sueño de sus feriantes: pasar muchos meses establecida, dar la vuelta al año sin desaparecer.

Los feriantes han cruzado días muy crudos envueltos en sus capas y poniendo sus manos sobre la fogata de su brasero, como si las estuviesen asando…

 —¡Ya llegará el buen tiempo!—se decían unos a otros, dando pataditas en el suelo y haciendo chascar a la helada, como si pateasen sobre una marquesina de cristales.

Los ¡ay! de los libros, sobre todo las lamentaciones de las elegías, se recrudecían en los días muy malos.

Muy de vez en cuando pasaba alguien que pedía La hija del jornaler o El año dos mil. Sólo se habría vendido por aquellas fechas El calefactor espiritual; pero como no existe ese libro, había muchos días en que no se estrenaban.

Los días de viento, el dedo del viento repasaba todos los libros y se llevaba algunas hojas sueltas, que arrastraba con esa especie de hojas de parra que son las hojas de los castaños de Indias.

El Tratado de la pulmonía destacaba su tejuelo con gran brillantez.

Pero el invierno ha ido pereciendo. Ya los serenos pronuncian las palabras consoladoras que confirman el buen tiempo.

He ido ayer, en plena buena tarde, a la feria heroica. El Prado estaba ya en pleno auge y el Botánico tenía sombra de junio, y aunque era por la tarde parecía representarse ya “Mañana de sol”, de los Quintero.

 Dando ese rodeo por el Botánico, salí a la biblioteca al aire libre y fui repasando los libros colocados en anchos anfiteatros.

Una savia nueva había en todos los tomos; su olor a humedad se había convertido en el olor verdoso de la primavera. Las novelas parecían tener más luz y más pasión. Las flores disecadas en el fondo de los libros salían por entre sus páginas como refrescadas y renovadas.

Todas las mesas parecían haber sido retejadas con libros nuevos, con ediciones de estos días, y es que cada primavera se reedita en sí mismo, en su propia vejez y amarillez, todo lo que pervive editado en el mundo.»

«El misterio de la Encarnación» por Tristan (Ramón)

Prometeo fue fundada en noviembre de 1908 por su padre Javier Gómez de la Serna con el subtítulo «Revista social y literaria» y supuso el comienzo de la carrera literaria y periodística del joven Ramón que escribía bajo el seudónimo de Tristan.  En este artículo que publicó en 1911 analiza todas las partes del cuerpo. Se centra en las que considera más importantes porque son capaces de expresar los sentimientos y sensaciones que él experimenta  y que caracterizaran toda su obra.

He resumido y eliminado varias páginas para no aburriros y, aunque es la entrada más extensa que he publicado, deseo que captéis los matices y la lírica de su escritura.

El misterio de la Encarnación 

«No existe la fisonomía… La fisonomía es un recuerdo, es como otro recuerdo cualquiera, con toda la obsesión y toda la crispadura y toda la aflicción de los recuerdos…

La mirada

Es grande la mirada como lo que ve y todo el resto la es unánime sin necesitar ser visto, ya enrarecido de ella… La mirada nos llena de sutilidad y de aceptaciones inciertas, inscrito todo en el centro de ella. Somos el ámbito de la mirada, nada más, y nos allanan todas las cosas, todos los reflejos y todas las semejanzas, como entrando en un espacio puro, sin materialidades opuestas y duras.

La mirada nos salva a la avaricia personal y a la cargazón corporal y nariguda de los otros; nos amplia en una carnazón sin repugnancias, inerte, invulnerable, evadida a nuestro ardor afectivo y paciente… En ella se disuade nuestra figura de lo que tiene de lamentable y de altivo...

Así en la mirada no hay un término detenido en sí con eternidad, como lo ven categóricamente los reservados, no tiene un dique de contención que la respalde, sino que en ella todo es frente a frente y más una cuestión ambiente que una cuestión do oposiciones…

Los ojos

Los ojos están en lo más hondo de la mirada y en lo más perdido, como una cosa opaca y fenecida… Seriamente los ojos no existen más que en los demás… Porque ¿de qué color tenemos los ojos? ¿Es que puede ser verosímil cualquier color que sea? Lo  traslucido de la mirada, lo corriente y lo transitorio se opone a una idea tan parcial, tan opaca y tan crédula…

El reborde del ojo se siente más que el ojo,  en el que hay siempre una palpitación dura y despierta, pone en toda contemplación un imperio benigno y clementeSon como dos arcos rematados en las nubes, serenos como arcos iris, y envueltos en algo similar al camino de Santiago… Son casi lo más alto de nosotros dentro de la mirada que les remonta… En ellos se siente la preparación de la mirada y su blandura y su vértigo, y en ellos algo pedernal y vivo concibe de un modo pasajero y fácil la trivialidad dramática do las cosas…

 ¡Oh si la palabra pudiera decir hasta qué punto está dispuesto ese arco de voluntad a los pensamientos imposibles y magnánimos!

Esa impulsiva y recia señal de uno mismo, ese arco que se amplía según su intimidad quiere, ahonda su base y su término en las ojeras, no las ojeras de las pinturas y de las huellas, sino en las ojeras sensibles, recrudecidas y graves, blandas y sufridas, las ojeras en que se agrava todo y en que todo insiste... En las ojeras se siente la consunción, su herida y su estrago, pero con una sensación desapercibida y delgada…

Las manos

Las manos nos detienen en nuestras desapariciones cuotidianas en los vientos, nos ponen cerca de nosotros como reuniéndonos con una Providencia inmanente y desaparecida, y aplacan todos los otros pensamientos, ¡Ellas tan frágiles, tan mortales y  tan llenas de cordura!… Enseñan una gran dulzura y una gran querencia, por lo que tienen reunidos el sentido del crimen y de la caricia…

Las manos dan la teoría más audaz, mas aventurada. Lo tienen todo consentido y flagrante en su prestancia y lo guardan todo en su cuenco: la rebeldía y el martirio.

¡Gran compañía de las manos que nos anclan en nuestra mirada!… Grandes consideraciones las de las manos que nos aconsejan quien sabe qué escepticismos y qué carnales creencias llenas de apego por uno y llenas de buena filiación y de suspensiones…

La nariz

La nariz  es algo muy aislado que se pierde en las miradas de frente y se hace inverosímil y accidental… La nariz es una cosa que mirar como algo interpuesto y casual que nos quita un poco la vista… Es como un estigma o un bache puesto por la mirada de los otros, y que sin nuestra incredulidad nos turbaría de opacidad y de nariz…

La frente

La frente es una quimera como la del cielo, que ni es cielo ni es azul… Hay en ella una apariencia que la hace concebir como compacta y contrastante, pero como sucede con el cielo si se pudiese entrar en ella, todo resultaría tránsito, irrealidad y decoloración…

¡Oh, la frente siempre en alto como un firmamento cerúleo, continuo más allá de sus nubes provisionales y sin permanencia!  La frente lo afronta todo y se presta a todas las asiduidades curándolas en su desierto inmenso y parece esperar un ósculo, que siente merecer de todo, por lo blanda y lo víctima que es… ósculo y no beso, porque el de la frente siempre es ósculo, por eso que hay en ella de diferente, y blanco y místico… La frente nos hace tenues y trásfugas por esa discontinuidad que impone a todo esparciéndolo en vastedades llenas de serenidad y alivio…

Los labios

Los labios nos reconcentran viva y pertinazmente y nos muestran cómo es en lo oculto y en lo quieto nuestra realidad… Tienen algo corrosivo y sardónico, que se ensaña dulcemente en sus extremos, que es donde más fuerza hace la persuasión y el estoicismo  frente a todas las manifestaciones vanas de los hombres, donde todo se inutiliza y se hace permisible gracias a ese trazo que se remata en sus vértices y que emplea su lógica superior, rasgada y mórbida…

Parece que no cuenta con su voz, considerando más importante que su voz su rictus, su sabor y su tacto recrudecido… Así nos es extraña nuestra voz, que nos coge de frente como representando la posición y la apariencia do las cosas, como facsímil y no como cosa verdadera ni que nos sea propia en todo su valor.

El pecho

¡Oh el pecho que atravesado resulta, que caudaloso, que lleno de evoluciones y que herido de sí mismo, de su herida planetaria y cuotidiana! Se siente en él la carne desollada y hay en su franqueza algo que da el frente a todo y lo aboca con los ojos cerrados… Tiende, perdona, y se ofrece como blanco y regazo de todo…

Está lleno de presteza, de condolencias y de jovialidades, todo al mismo tiempo por su obsequiosa buena voluntad… En él se siente un armisticio magnánimo, en el que descansa y agoniza…

Las costillas hacen en él presión como algo que le enreja y le abroquela…

El corazón

Pero en el pecho hay algo que es más que nada una superstición; el corazón. El corazón es lo más hipotético del hombre. Se le oye sólo y se siente el temor de que se precise y se confiese, siendo tan hondo y estando lleno de cosas raras, jeroglíficas y precoces, con una precocidad relacionada con todo el tiempo porvenir… No se le querría coger en la mano con miedo a su vida y su silencio… Es como el ruido extraño y misterioso que aparece en las paredes de las casas solitarias sin comunicación viviente o vulgar que lo justifique… Es el ruido nocturno sin incorporar a nada determinado, de los palacios con duendes, de los bosques vírgenes, y que sin embargo no puede encarnar en nada fantástico y tópico, aunque al mismo tiempo no pueda representarse por sí mismo…

¡EI corazón! ¡Se ha sabido hasta dónde se alza y hasta dónde desciende, aunque se dibuje vanamente su mecánica!

—«Hacedlo todo por los corazones, jueces ridículos y espantosos, más que por las gentes o por los sentimientos de sus corazones. Sólo por sus corazones. El corazón no peca, ni es virtuoso, ni decae, ni se complica; es siempre disidente, sordo, demasiado vivo y demasiado independiente en su desierto y en su incomunicación.»

¡Es conmovedor el corazón como un hijo lleno de disposiciones inconcebibles y materiales, de indefensión y siempre tan inconfesable!...»

¡El corazón está al lado izquierdo! Quizás… Pero en el lado derecho hay algo menos real, una entonación inenarrable idéntica, en urgencias y en caudal, de la percusión izquierda… Y sin embargo hay al lado derecho otro corazón, porque estamos hechos de muchos corazones frescos y sostenidos, más fuertes que nuestra desidia y nuestros motivos para ignorar la vida y languidecer y fallecer ridículamente, no por muerte natural, sino por algo anterior a la vida y repugnante por inexistencia, que es a lo que lleva la altivez de no quererse concebir así como somos…

La presencia del corazón está en todas partes, y en todas partes está cerca, y resulta violenta y obcecada, su actitud y su solicitud, de algo más grande que un pensamiento… ¡El corazón es lo mas refractario de todo lo que flota en la mirada que somos y lo ha reducido a sí mismo, duro teóricamente por lo fuerte de su consigna, hasta rayar el diamante!

El suspiro

En el tórax hay algo más denso y más representativo, adornado de lo que hay en él de sólido y de recóndito, emocionado de todo él, flotante como todo pero menos pesado y por la tanto más pronto a la ascensión al quinto cielo de la mirada: el suspiro… El suspiro es revelador como él solo y completa nuestra identidad, materializándonos hasta donde nos corresponde…

El suspiro es un trato perpetuo con todo lo que nos es extraño y está solo y yermo... Es una cosa de estertor en que darse cuenta inmediata e insospechable de lo más traidor, de lo mas referente a uno, y de lo más trágico…

El suspiro nos aleja de nosotros mismos, nos abandona y nos deshace… Pasa a través de todo de un modo superior, avezado, sin obcecación, desmemoriado y sin fanatismo; se conforma con todo materialmente según su teoría sin formas recalcitrantes y negativas, y sin esa monotonía que hay en el deseo de perpetuarse y de enorgullecerse…

Y aquí termina esa sensación sin dibujo y sin credulidades demasiado plásticas y demasiado comunes, que vive flotante e inconsútil dentro de la mirada...»

«Los simbolistas de la gripe»

Este año, la epidemia gripal ha desencadenado un caos en España y hemos leído cómo los hospitales y clínicas estaban desbordados de pacientes. Está situación hubiese empeorado si muchas personas tuviesen entre sus manos el diario El Sol,  leyendo el artículo que Ramón publicó el 19 de mayo de 1923. Un simpático artículo en el que ironiza sobre el poder innegable que ejerce la prensa en un determinado grupo social

Los simbolistas de la gripe

«Vamos a tener que hacer una campaña periodística para ver si acabamos con la gripe o, por lo menos, sufre esa disminución que consiguen más eficazmente las campañas periodísticas que las campañas sanitarias.

Debido a! ingenio de los más tratados por la gripe, se ha llegado a saber .secretos de ella que no conocen los especialistas. Se ha creado una extensa literatura, con imágenes muy bellas, a propósito de la gripe. Imaginaciones calenturientas, gracias a ella, han lanzado, antes de meterse en la cama definitivamente, frases sutiles del mayor acierto.

“Los simbolistas de la gripe” se podría llamar a esta pléyade literaria que ha brotado con ocasión de la desconocida enfermedad. Gracias a ellos la gripe posee un envidiable cuadro de síntomas, que más que un cuadro es una pinacoteca. Recuerdo algunas de esas frases griposas y voy a hacer una antología:

― Ya siento el calambre del talón… A Aquiles le debió entrar por ahí la gripe.

― Me he olvidado la llave del “burean” dentro… Yo tengo la gripe.

― Siento ese cepillado en el dorso de las manos que es sintomático.

― Estoy lleno de los vacíos dolorosos de la gripe.

― Tengo un alfiler de gripe, es decir, mejor dicho, “una aguja”.

― Llevo los guantes amarillos de la gripe.

― Me he encontrado la bala perdida de la gripe.

― Siento que la gripe me ha ceñido su cinturón de hierro.

― Siento que la gripe ha tomado mi corazón por un palillero.

― Me aprietan las muñequeras de la gripe.

―Tengo entre uña y carne una espina griposa.

― Me ha dado en las piernas el golpe del soldado.

― Ya me andan por dentro las sanguijuelas de la gripe.

― Me parece que .siento la trichina gripal.

― Me he clavado en las rodillas una tachuela gripal.

― Amigo, me voy a casa porque siento en las articulaciones el runruneo de la gripe, etc., etc.

Por lo menos habrá quedado definido lo que es eso, cómo escarba, cómo lima los huesos, cómo mezcla sus perdigones a nuestra sangre, cómo nos roe las ilusiones