Prometeo fue fundada en noviembre de 1908 por su padre Javier Gómez de la Serna con el subtítulo «Revista social y literaria» y supuso el comienzo de la carrera literaria y periodística del joven Ramón que escribía bajo el seudónimo de Tristan.  En este artículo que publicó en 1911 analiza todas las partes del cuerpo. Se centra en las que considera más importantes porque son capaces de expresar los sentimientos y sensaciones que él experimenta  y que caracterizaran toda su obra.

He resumido y eliminado varias páginas para no aburriros y, aunque es la entrada más extensa que he publicado, deseo que captéis los matices y la lírica de su escritura.

El misterio de la Encarnación 

«No existe la fisonomía… La fisonomía es un recuerdo, es como otro recuerdo cualquiera, con toda la obsesión y toda la crispadura y toda la aflicción de los recuerdos…

La mirada

Es grande la mirada como lo que ve y todo el resto la es unánime sin necesitar ser visto, ya enrarecido de ella… La mirada nos llena de sutilidad y de aceptaciones inciertas, inscrito todo en el centro de ella. Somos el ámbito de la mirada, nada más, y nos allanan todas las cosas, todos los reflejos y todas las semejanzas, como entrando en un espacio puro, sin materialidades opuestas y duras.

La mirada nos salva a la avaricia personal y a la cargazón corporal y nariguda de los otros; nos amplia en una carnazón sin repugnancias, inerte, invulnerable, evadida a nuestro ardor afectivo y paciente… En ella se disuade nuestra figura de lo que tiene de lamentable y de altivo...

Así en la mirada no hay un término detenido en sí con eternidad, como lo ven categóricamente los reservados, no tiene un dique de contención que la respalde, sino que en ella todo es frente a frente y más una cuestión ambiente que una cuestión do oposiciones…

Los ojos

Los ojos están en lo más hondo de la mirada y en lo más perdido, como una cosa opaca y fenecida… Seriamente los ojos no existen más que en los demás… Porque ¿de qué color tenemos los ojos? ¿Es que puede ser verosímil cualquier color que sea? Lo  traslucido de la mirada, lo corriente y lo transitorio se opone a una idea tan parcial, tan opaca y tan crédula…

El reborde del ojo se siente más que el ojo,  en el que hay siempre una palpitación dura y despierta, pone en toda contemplación un imperio benigno y clementeSon como dos arcos rematados en las nubes, serenos como arcos iris, y envueltos en algo similar al camino de Santiago… Son casi lo más alto de nosotros dentro de la mirada que les remonta… En ellos se siente la preparación de la mirada y su blandura y su vértigo, y en ellos algo pedernal y vivo concibe de un modo pasajero y fácil la trivialidad dramática do las cosas…

 ¡Oh si la palabra pudiera decir hasta qué punto está dispuesto ese arco de voluntad a los pensamientos imposibles y magnánimos!

Esa impulsiva y recia señal de uno mismo, ese arco que se amplía según su intimidad quiere, ahonda su base y su término en las ojeras, no las ojeras de las pinturas y de las huellas, sino en las ojeras sensibles, recrudecidas y graves, blandas y sufridas, las ojeras en que se agrava todo y en que todo insiste... En las ojeras se siente la consunción, su herida y su estrago, pero con una sensación desapercibida y delgada…

Las manos

Las manos nos detienen en nuestras desapariciones cuotidianas en los vientos, nos ponen cerca de nosotros como reuniéndonos con una Providencia inmanente y desaparecida, y aplacan todos los otros pensamientos, ¡Ellas tan frágiles, tan mortales y  tan llenas de cordura!… Enseñan una gran dulzura y una gran querencia, por lo que tienen reunidos el sentido del crimen y de la caricia…

Las manos dan la teoría más audaz, mas aventurada. Lo tienen todo consentido y flagrante en su prestancia y lo guardan todo en su cuenco: la rebeldía y el martirio.

¡Gran compañía de las manos que nos anclan en nuestra mirada!… Grandes consideraciones las de las manos que nos aconsejan quien sabe qué escepticismos y qué carnales creencias llenas de apego por uno y llenas de buena filiación y de suspensiones…

La nariz

La nariz  es algo muy aislado que se pierde en las miradas de frente y se hace inverosímil y accidental… La nariz es una cosa que mirar como algo interpuesto y casual que nos quita un poco la vista… Es como un estigma o un bache puesto por la mirada de los otros, y que sin nuestra incredulidad nos turbaría de opacidad y de nariz…

La frente

La frente es una quimera como la del cielo, que ni es cielo ni es azul… Hay en ella una apariencia que la hace concebir como compacta y contrastante, pero como sucede con el cielo si se pudiese entrar en ella, todo resultaría tránsito, irrealidad y decoloración…

¡Oh, la frente siempre en alto como un firmamento cerúleo, continuo más allá de sus nubes provisionales y sin permanencia!  La frente lo afronta todo y se presta a todas las asiduidades curándolas en su desierto inmenso y parece esperar un ósculo, que siente merecer de todo, por lo blanda y lo víctima que es… ósculo y no beso, porque el de la frente siempre es ósculo, por eso que hay en ella de diferente, y blanco y místico… La frente nos hace tenues y trásfugas por esa discontinuidad que impone a todo esparciéndolo en vastedades llenas de serenidad y alivio…

Los labios

Los labios nos reconcentran viva y pertinazmente y nos muestran cómo es en lo oculto y en lo quieto nuestra realidad… Tienen algo corrosivo y sardónico, que se ensaña dulcemente en sus extremos, que es donde más fuerza hace la persuasión y el estoicismo  frente a todas las manifestaciones vanas de los hombres, donde todo se inutiliza y se hace permisible gracias a ese trazo que se remata en sus vértices y que emplea su lógica superior, rasgada y mórbida…

Parece que no cuenta con su voz, considerando más importante que su voz su rictus, su sabor y su tacto recrudecido… Así nos es extraña nuestra voz, que nos coge de frente como representando la posición y la apariencia do las cosas, como facsímil y no como cosa verdadera ni que nos sea propia en todo su valor.

El pecho

¡Oh el pecho que atravesado resulta, que caudaloso, que lleno de evoluciones y que herido de sí mismo, de su herida planetaria y cuotidiana! Se siente en él la carne desollada y hay en su franqueza algo que da el frente a todo y lo aboca con los ojos cerrados… Tiende, perdona, y se ofrece como blanco y regazo de todo…

Está lleno de presteza, de condolencias y de jovialidades, todo al mismo tiempo por su obsequiosa buena voluntad… En él se siente un armisticio magnánimo, en el que descansa y agoniza…

Las costillas hacen en él presión como algo que le enreja y le abroquela…

El corazón

Pero en el pecho hay algo que es más que nada una superstición; el corazón. El corazón es lo más hipotético del hombre. Se le oye sólo y se siente el temor de que se precise y se confiese, siendo tan hondo y estando lleno de cosas raras, jeroglíficas y precoces, con una precocidad relacionada con todo el tiempo porvenir… No se le querría coger en la mano con miedo a su vida y su silencio… Es como el ruido extraño y misterioso que aparece en las paredes de las casas solitarias sin comunicación viviente o vulgar que lo justifique… Es el ruido nocturno sin incorporar a nada determinado, de los palacios con duendes, de los bosques vírgenes, y que sin embargo no puede encarnar en nada fantástico y tópico, aunque al mismo tiempo no pueda representarse por sí mismo…

¡EI corazón! ¡Se ha sabido hasta dónde se alza y hasta dónde desciende, aunque se dibuje vanamente su mecánica!

—«Hacedlo todo por los corazones, jueces ridículos y espantosos, más que por las gentes o por los sentimientos de sus corazones. Sólo por sus corazones. El corazón no peca, ni es virtuoso, ni decae, ni se complica; es siempre disidente, sordo, demasiado vivo y demasiado independiente en su desierto y en su incomunicación.»

¡Es conmovedor el corazón como un hijo lleno de disposiciones inconcebibles y materiales, de indefensión y siempre tan inconfesable!...»

¡El corazón está al lado izquierdo! Quizás… Pero en el lado derecho hay algo menos real, una entonación inenarrable idéntica, en urgencias y en caudal, de la percusión izquierda… Y sin embargo hay al lado derecho otro corazón, porque estamos hechos de muchos corazones frescos y sostenidos, más fuertes que nuestra desidia y nuestros motivos para ignorar la vida y languidecer y fallecer ridículamente, no por muerte natural, sino por algo anterior a la vida y repugnante por inexistencia, que es a lo que lleva la altivez de no quererse concebir así como somos…

La presencia del corazón está en todas partes, y en todas partes está cerca, y resulta violenta y obcecada, su actitud y su solicitud, de algo más grande que un pensamiento… ¡El corazón es lo mas refractario de todo lo que flota en la mirada que somos y lo ha reducido a sí mismo, duro teóricamente por lo fuerte de su consigna, hasta rayar el diamante!

El suspiro

En el tórax hay algo más denso y más representativo, adornado de lo que hay en él de sólido y de recóndito, emocionado de todo él, flotante como todo pero menos pesado y por la tanto más pronto a la ascensión al quinto cielo de la mirada: el suspiro… El suspiro es revelador como él solo y completa nuestra identidad, materializándonos hasta donde nos corresponde…

El suspiro es un trato perpetuo con todo lo que nos es extraño y está solo y yermo... Es una cosa de estertor en que darse cuenta inmediata e insospechable de lo más traidor, de lo mas referente a uno, y de lo más trágico…

El suspiro nos aleja de nosotros mismos, nos abandona y nos deshace… Pasa a través de todo de un modo superior, avezado, sin obcecación, desmemoriado y sin fanatismo; se conforma con todo materialmente según su teoría sin formas recalcitrantes y negativas, y sin esa monotonía que hay en el deseo de perpetuarse y de enorgullecerse…

Y aquí termina esa sensación sin dibujo y sin credulidades demasiado plásticas y demasiado comunes, que vive flotante e inconsútil dentro de la mirada...»

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