En mayo de 1923, Ramón publicó en el diario El Sol este artículo en el que trata uno de sus temas preferidos, los libros viejos. Como siempre no se limita a hablar de ellos como simples objetos, tienen su personalidad y sentimientos según la época. Tampoco  puede olvidar el esfuerzo y dificultades de sus vendedores, sensaciones que, insisto, demuestran su gran humanidad. La brevedad del texto no impide que aflore su lenguaje poético.

El Reflorecimiento de los libros

«La feria de libros viejos ha conseguido realizar un antiguo sueño de sus feriantes: pasar muchos meses establecida, dar la vuelta al año sin desaparecer.

Los feriantes han cruzado días muy crudos envueltos en sus capas y poniendo sus manos sobre la fogata de su brasero, como si las estuviesen asando…

 —¡Ya llegará el buen tiempo!—se decían unos a otros, dando pataditas en el suelo y haciendo chascar a la helada, como si pateasen sobre una marquesina de cristales.

Los ¡ay! de los libros, sobre todo las lamentaciones de las elegías, se recrudecían en los días muy malos.

Muy de vez en cuando pasaba alguien que pedía La hija del jornaler o El año dos mil. Sólo se habría vendido por aquellas fechas El calefactor espiritual; pero como no existe ese libro, había muchos días en que no se estrenaban.

Los días de viento, el dedo del viento repasaba todos los libros y se llevaba algunas hojas sueltas, que arrastraba con esa especie de hojas de parra que son las hojas de los castaños de Indias.

El Tratado de la pulmonía destacaba su tejuelo con gran brillantez.

Pero el invierno ha ido pereciendo. Ya los serenos pronuncian las palabras consoladoras que confirman el buen tiempo.

He ido ayer, en plena buena tarde, a la feria heroica. El Prado estaba ya en pleno auge y el Botánico tenía sombra de junio, y aunque era por la tarde parecía representarse ya “Mañana de sol”, de los Quintero.

 Dando ese rodeo por el Botánico, salí a la biblioteca al aire libre y fui repasando los libros colocados en anchos anfiteatros.

Una savia nueva había en todos los tomos; su olor a humedad se había convertido en el olor verdoso de la primavera. Las novelas parecían tener más luz y más pasión. Las flores disecadas en el fondo de los libros salían por entre sus páginas como refrescadas y renovadas.

Todas las mesas parecían haber sido retejadas con libros nuevos, con ediciones de estos días, y es que cada primavera se reedita en sí mismo, en su propia vejez y amarillez, todo lo que pervive editado en el mundo.»

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