Ramón era un fugaz trashumante que siempre regresaba a Madrid. Después de varios viajes a Paris, Suiza e Italia y cansado de que lo consideraran «un loco» y de que su literatura no fuera comprendida aunque hubiese publicado El Rastro, en 1915 decidió hacer una escapada a Portugal para liberarse de «ese ambiente turbio y alevoso del Madrid de los ramplones» que caracterizaba la intelectualidad de esa época en España. Con el apoyo de sus amigos, dejó su querida tertulia de Pombo, pero regularmente les escribía cartas para tenerles al corriente de sus hallazgos. He reunido las impresiones que Ramón manifiesta sobre este bello país en  Automoribundia:

«Allí encontré sol y aire de últimos de siglo, un lado del mundo rezagado y cordial, lejos de todo, lejos de Europa, lejos de América, un escondite de gaviotas.

Aquel viaje me hizo más adepto de la peligrosa religión, de la franqueza, acabó de acrisolar mi rebeldía contra la intriga y la deslealtad, ¡me volvió más loco de verdad íntima!

Allí confundí los tiempos y quedó en mí una ternura herida. No tuvieron la culpa de eso las personas sino el ambiente tierno; los ojos vivos de las horas de otra época. Fue demasiado aquello para un joven ya de por sí obcecado en el deseo de nobleza.

Descubrí que somos muertos de otro tiempo  que podemos resucitar si encontramos un tiempo más tempranero y más irreparable en el que estamos viviendo.

Mi sensación era que había huido y vivía la eterna juventud de los amantes a los que nadie pregunta nada y los reciben en los gabinetes más honestos del mundo.

Yo era un estudiante perdido y la literatura sólo era idilio, mirar por las ventanas el campo y el mar.

Las persianas de los balcones eran biombos entre la realidad y la ilusión que ponían a los dos elementos dispares en confidencia de celosía.

Allí no se reía nadie de la inocencia y una cortesía especial presidía las relaciones sinceras de la amistad.

Equivoqué más el mundo queriéndole como debía de ser, en las calles de Lisboa, en sus pueblecitos de alrededor, en sus palacios carnosos en medio de boscajes oscuros.

El recuerdo de Portugal me iba a revolver como un disidente contra todos los monstruos que hipócritamente se disfrazaban de no monstruos.

Portugal es una ventana hacia un sitio  con más luz, hacia un más allá pletórico, es una larga galería de cristales que afronta una luz más cálida y un aire más yodado.

Para definir ese ambiente fluido y dulce de Lisboa, les diría que es un ambiente en que sueñan las cajas de música, aquellas cajas de música de menudas notas, de hondos «ayes», de sutiles suspiros, de leves vibraciones en sus peines de metal, aquellas cajas que hacían vibrar todo el terráqueo con ese poder que sólo tiene la vibración sutil…

Tan cariñosos y afables son estos ambientes, que yo he visto entrar un pajarito en un café, y le he visto jugar sobre las mesas, y le he visto marcharse cuando se le ha antojado.

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