Los bautizos se han convertido en una operación de mercadotecnia y pienso que se ha perdido un poco el verdadero significado de esta celebración religiosa, incluso hay listas de regalos para un bebé que sólo abre los ojos sin ver y sus pequeñas manos son incapaces de coger nada. Personalmente y,  respetando todas las opiniones, prefiero las celebraciones religiosas íntimas.

No es nada nuevo,  en el año 1923 el boato de los bautizos era similar a nuestros días y Ramón lo expresó en el artículo que publicó en el semanario satírico Buen Humor. Un texto simpático y tierno en el que mezcla su ironía sobre el alarde, con la humanidad sobre la humildad

Bautizos castizos  

«Nuestros bautizos nacionales parecen siempre el bautizo del rey de Roma. Se despierta toda la fe y la ambición de los mayores ante cada nuevo badulaque que nace. La mentira y la obsesión engañosa de la vida se imponen. El cerebro radioactivo del nuevo reciénnacido parece que va a ser el cerebro del genio, de la lumbrera de la época, del hombre que necesita el porvenir.

El padrino quisiera arruinarse en el acto del bautizo, y que hicieran arcos de flores en el trayecto del bautizo. La madrina saca del rincón secreto e inencontrable, donde la mujer guarda sus ahorros, unas cuantas onzas para quedar bien, para que el bautizado se acuerde de ella cuando sea mayor y la proteja si entonces está desvalida.

Las madres castizas tienen la ropa de cristianar más espumosa, crecida, caudalosa de las que se usan por el mundo. Visten al niño como se viste el Pontífice el día en que toma posesión de la silla pontifical. Se pierde el niño en las olas de encaje, es envuelto como esos puros de circo que parecen primero un regalo suntuoso y voluminoso, hasta que, después de desenvolver papeles y papeles, sale el purito diminuto y retrechero.

Hay un momento en los bautizos solemnes en que no se puede ver al niño, porque está envuelto ya para salir a la calle, y la última sobrepelliz y la capa última y pluvial le han sido impuestas ya. Sólo el corte de un terreno rico en antigüedad podría presentar tantas capas distintas como el niño que va a ser cristianado.

Cualquier extranjero que viese como abulta uno de estos niños envueltos en rico trousseau bautismal, se creería que se trataba del bautizo de un gigante o de un picador nato. Sólo si el extranjero oye llorar en el fondo del lio de ropas al niño diminuto, se dará cuenta del engaño presuncioso, presuntuoso y alardeante del bautizo típico. ¡Qué enterrado el leve maullido del gatito incipiente!

La pequeña doncella o niñera que a veces conduce al niño entrapajado y como muy batido en la cocina bautismal como se bate el chantilly para que aumente, desaparece debajo de la pirámide de cosas, y es como lavandera que lleva a cuestas el enorme saco de la ropa blanca.

A veces es la madrina delgada y consumida de solteronía aguda la que conduce al ahijado, y se teme por ella como si fuese cargada con un fruto que no pueda sostener. Es como uno de esos arbolillos a los que hay necesidad de poner un puntal.

Ante esos bautizos de gran mundo resultan roñosos esos otros bautizos que realiza la abuela pobre llegándose un momento a la iglesia a que la cristianen al retoño. Parece que el niño es mucho más pequeño que los otros — muchas veces es mayor — y que está liado como esos cigarrillos que ciertos fumadores tienen el defecto de liar muy finos.

Ese niño, sin las espumas y los rebatimientos de los niños de promontorial traje de cristianar, es como un esparraguillo triguero, algo así como un polichinela de verbena, un niño barato y de confección más al por mayor.

Es gracioso también ver en las iglesias cómo se desembalan los niños frágiles, cuya cabeza, la cabeza que se necesita imprescindiblemente para que el cura pueda bautizar al rorro, no se encuentra por ninguna parte. Como a esos objetos del Japón perdidos entre la viruta del embalaje que siempre les falta la tapadera, nadie encuentra la cabeza del niño.

Después, en los cafés en que se festejan los bautizos castizos y rumbosos, ante el poderoso y abultadísimo recién bautizado, el camarero pregunta:

— ¿Chocolate con mojicón para el niño?

Y si el padrino le contesta una barbaridad, el camarero suele contestar:

— Usted dispense; pero podía ser un catecúmeno.»

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