Ramón comentaba que «El buen escritor no sabe nunca si sabe escribir.», un razonamiento  que, como él,  sólo los grandes escritores harían. Si al talento del escritor se añaden sensibilidad, emoción, inteligencia y la capacidad de observar su entorno sin trabas ni prejuicios, obtendremos una literatura superior para deleitarnos experimentando nuevos sentimientos. Un ejemplo de esta literatura es la que Ramón dejó en diversos diarios y escritos dispersos que no deseo que queden en el olvido:

 ― El Retiro huele a ternura de las hojas, a primer amor pasional.

― Los faroleros parece que encienden en la luna la lanza luminosa, con la que después desparraman la luz mágica y muy pálida por los faroles de la ciudad.

― En un barrio distinto al del resto de las casas blanqueadas hay unas guardillas que tienen ventanas informes de casa de pueblo, conjunto de guardillas que forman un pueblecito tributario de la ciudad, algo así como una aldea perdida, en la que debe haber los domingos romerías con vendedoras de avellanas sentadas en las praderas de los tejados.

― Cuando se rompe un cristal y se repone orlándole con la masilla reciente, toma la casa un aspecto de renovada y tierna… Se rejuvenece… La masilla seca y del color de la vejez del tiempo hace a los cristales antiquísimos… Rompámoslos, por eso, de vez en cuando.

― En las botellas de cerveza quedan a veces, después de haberlas vaciado, unos glóbulos de aire, unas pompas vanas, que son como el alma del líquido escanciado.

― Los melocotones y los albaricoques se sienten con calor embutidos en sus trajes de terciopelo… Al mondarlos y desnudarlos se les siente apetecer la frescura, sentirse dichosos, no importarles ya que nos los comamos.

― Los tibores japoneses dan un gran fresco en verano… En la penumbra de la casa que los posee ponen la nota refrescante de su gran porcelana.

― El arco del violín cose, como aguja con hilo, notas y almas, almas y notas.

― La luna es como un espejito con que la vecina impertinente y juguetona refleja el sol en los ojos del asomado al balcón.

― Me gusta ver las grandes orquestas de violines, porque la oblicuidad movida de los muchos arcos simula una especie de lluvia musical.

 

 

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