Ramón publicó el 25 de marzo de 1923 en El Sol un artículo sobre el día que celebramos hoy. Este año la Semana Santa se ha retrasado y el Domingo de Ramos parece que se podrá celebrar sin amenaza de lluvia, algo inusual pero que permitirá la salida de las procesiones y el disfrute de las personas que las acompañen llevando las palmas.

En su artículo, Ramón hace un recorrido poético de este día desde muy temprano, cuando todavía se están preparando las palmas. Nos muestra todo tipo de palmas que coinciden con el tipo de personas que las compran y, como siempre, su preferencia no está en las palmas sino en los sencillos olivos que recogen otras personas y que simbolizan este día. Un gran artículo sobre nuestras costumbres escrito con sensibilidad y humor.

Domingo de Ramos

«Es como uno de esos días alegres de correr las fuentes que se producen en los sitios reales; es el día en que los surtidores de las palmeras se suspenden en el aire.

Casi desde la noche anterior toman sitio las “palmerieras”, y en el alba gris hay ya un rayo de sol al comenzar el día, giradas a las palmas.

Las palmeras guisadas con azafrán esperan su mediodía, la hora en que también los arroces están en su punto. No saben aún desde tan temprano qué día hará hoy, pero esperan, anhelan con todo su corazón que sea un día de sol. Si no hiciese sol se quedarían abrumadas, como caídas ráfagas del sol de otros días.

La maestra, la que teje, riza y compone las palmeras está afanada en empingorotar uno de esos moñetes rubios, haciendo a la palma infantil un peinado de niña antigua.

Las palmas regulares, esas que tienen el tamaño de una persona y que están adornadas a un lado y otro de un dorsal con costillas deducidas de la misma palma, imitan un esqueleto, algo así como, un esqueleto.

Después vienen las palmas largas, las palmas sin ringorrangos, las palmas esbeltas, las verdaderas palmas surtidores.

Esas palmeras son plumas amarillas, péñolas del Domingo de Ramos, las péñolas con que el Creador pone su rúbrica en el día solemne.

Son las palmeras las plantas que crecen por un solo día en la calle estéril y yerma de la ciudad, alrededor de la iglesia gris con flecos de lluvia. Todos los vecinos se asoman a ese jardín de una sola mañana, que no se olvidará en todo el año, pues fue el día de beneficio de la calle, algo así como el día en que el cuarto de la artista se llena de “corbeilles”.

Primero llegan las criadas que tienen que hacer el desayuno para las siete y media, y se llevan ramos de olivo, modestos ramos de olivo, que colocarán a la cabecera de la cama, metiéndolos en la cartera de cartón del viejo almanaque, que tienen como santo ya que no encontraron otra cosa. El olivo es el ramo austero, y si mezclan al olivo un poco de romero, no es para merecer más indulgencias, ya es un poco más para placidez del olfato. El olivo es el que vale; el romero crecía junto al huerto de los olivos, pero frente a la distracción de Jesús.

Después, a eso de las ocho y media—las que más temprano vayan adquirirán más méritos—, van las viejas pensionistas del barrio o las que están de caridad en casa de unos amigos sin hijos, o las suegras viejas que viven con sus hijas o sus hijos casados. Esas ancianas de manteleta negra, a las que siempre entuerta un ojo una punta de la manteleta, compran varias perras gordas de olivo y de romero, pues ese día hacen a sus protectores—hijas políticas o yernos— el regalo que se agradece tanto, el regalo de la paz, el regalo que “espliega” las alcobas de los que aún no se han levantado, y comienza abonanzando su mañana de domingo, llevándola recuerdos antiguos.

Un poco después ya van llegando al estrado de las palmas las que se llevan las pequeñitas, las de niña de primera comunión, las parvulillas, las ochavadas, y, por fin, llega la hora de las que son esqueletos optimistas y de las que son vástagos de pura palmera, que se cimbrea en el aire con agilidad bailarinesca.

Y de los aledaños de la iglesia se van desprendiendo las pequeñas procesiones de papás que llevan delante a la niña enarbolando la vistosa palmera de rústica filigrana, la niña que va como con un sombrero de primavera nuevo o como cuando el día de su primera comunión pasó con una vela rizada, también muy en candelero, por en medio de la ciudad.

Pero entre todas las pequeñas procesiones que atraviesan la ciudad, la que llama más la atención es esa familia de gente muy retaca que ha comprado la palmera más alta — ¡oh ley de los contrastes!—, una palmera que les convierte en más chicos, que es como lanza inconmensurable en mano del papá, que es el que se atreve a llevarla. Es la lanza de Don Quijote en manos de Sancho.

Y mientras, alrededor de la iglesia se ha verificado un simulacro de los que evocan lo que han pretendido evocar. El cura se ha dado una vuelta alrededor de la iglesia entre palmas, y su camino ha parecido ser el camino largo de aquella mañana bíblica y la arquitectura de la ciudad ha cambiado y los guardias se han convertido en centuriones y los mantones en túnicas.

La ciudad, su hora, todo ha retrocedido en el tiempo y se almuerza en una Jerusalén antigua, con fresco apetito antiguo, sintiendo fuera, un día más crédulo, un día en que el bizcocho del domingo tiene un color de pura canela…»

 

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