El capítulo XXXIV de «Elucidario de Madrid», Ramón lo dedica a San Isidro, el patrón de Madrid. En este relato manifiesta su sensibilidad y admiración por la sencillez, humildad y armonía del matrimonio formado por San Isidro y Santa María de la Cabeza como ejemplo de otros muchos labradores de su época.

Este santo atípico representa al pueblo madrileño. Un santo jovial, trabajador, modesto, tranquilo y campechano que sólo tuvo la tristeza de morir. Es el labriego de Madrid que se dedica a la contemplación de la perspectiva de la ciudad en la ladera del río Manzanares, mientras los bueyes guiados por los ángeles hacen el trabajo para permitirle rezar.

El milagroso labrador

«A las reprensiones de su amo porque ora y descuida la labor responden los ángeles haciéndola adelantar, y a las dadivosidades del Santo con el grano del amo responde el milagro acreciendo las sacas de trigo. Ese amo gruñón, que no comprende la paz espiritual de la contemplación, es el que más obliga a San Isidro a declararse milagrero, complaciéndose mucho en darle una lección de agua haciendo brotar una fuente en la pradera enarenada de seco sol.

Todo es sencillo en San Isidro, hasta el milagro de salvar a su hijo del pozo en que cayó, pues las aguas comenzaron a crecer y se lo devolvieron a flor del brocal como muñequillo de porcelana flotante, como bebé insumergible.

También representa San Isidro el ideal nacional de que los ángeles sean los que aren con sus yuntas blancas los campos pedregosos y difíciles, llevando el arado como tiralíneas sin ripios. Esos concursos de labrador  en que se premia al que lleve más recto el arado en derechura del horizonte, siempre los hubieran ganado los ángeles.

San Isidro tuvo, además, la suerte de que su esposa fuese una Santa, pues su único pecadillo fue charlar con vecinas y conocidas cuando se las encontraba yendo por una alcuza de aceite ó un cuerno de vino, pasando el puente que une el Madrid del campo con el Madrid cortesano. La pobre esposa, arrugada en la áspera vida del campo seco y lleno de heladas y de rigores del sol, era la buena asistenta del marido. Primero no se la canonizó á ella, quedando postergada al marido; pero por fin, como reuniendo al matrimonio en círculos superiores, se acabó por declararla Santa María de la Cabeza. Es encantador este matrimonio canonizado, que no conoció lo que con toda clase de eufonías se llama «reyerta conyugal». Se les ve llevándose muy bien, muy sentados frente á la escudilla común en que ella había sazonado el puchero de la tarde, con sustancia de estrella vespertina, que le daba un regustillo a tuétano del día.

Es San Isidro el Santo al que se recurre más y al que se despierta con más insistencia para prolongar las aleluyas amarillas de sus milagros. En cuanto había una sequía o el Rey se ponía enfermo, se acudía al Santo, se le destapaba, y a través del cristal de la tapa se veía cuan largo castellano fue. Así como en las horas de heroicidad se acude al cofre del Cid, en las horas de alarma se acude al arca de San Isidro.

La ceremonia de llevar a palacio el esqueleto de San Isidro para que salvase a Carlos III es interesante:

El Rey acaba de responder al patriarca que le ha preguntado, según es de rúbrica en el ejercicio de la Extremaunción, si perdonaba a sus enemigos: «¿Pues había de aguardar a este punto para perdonarlos? Todos fueron perdonados por mí en el mismo acto de la ofensa.»

El monarca, después de esas palabras, manda que lleven a Palacio los sagrados cuerpos de San Isidro Labrador y de Santa María de la Cabeza, su esposa; cosa que se realiza al instante, y se forma la procesión, delante de la que va el pertiguero con su ropa y vara; los acólitos, con sus roquetes, alumbrando con hachas; los sacristanes menores, los mayores y los cantores, todos de sobrepelliz, con velas; y los canónigos, con sus hábitos corales; etc., etc.

Después sacan el Santo del féretro, a trueque de que se convierta en polvo, y le acercan á la cama de Su Majestad., percibiéndose entonces, como siempre que se saca y se orea al Santo, sin ambigüedad alguna, la fragancia milagrosa que siempre ha echado de sí desde que fue desenterrado del cementerio. De la Santa también le presentaron al Rey el cráneo y «dos huesos de las canillas», que no se sabe por qué pidió expresamente Su Majestad.

La última vez que se ha abierto el arca de San Isidro ha sido hace cinco años, a propósito de su centenario, descubriéndosele de nuevo en el baño de su inmortalidad, con el cuerpo unido y entero en huesos, carne y piel, a excepción de que tenía algo comidos o gastados los labios y la punta de la nariz—arrechuchos de la muerte—, y también le faltaban la mayor parte de los dedos de los pies y dientes de la boca, y un poco de la carne de la pantorrilla izquierda.

San Isidro es el labriego de Madrid, reservado, cargado de espaldas, con tipo de Pérez Galdós con túnica, y que se dedica á la contemplación de la perspectiva de Madrid,  como si ése fuese su principal oficio. Siempre le vemos á aquel lado del manzanares, en aquella cama del río, bajo los toboganes de los montículos, sentado y mirando a la ciudad, mientras los bueyes tardos seguían un paso rítmico por salvarle del trabajo, por dejarle contemplar, por permitirle rezar

Un relato minucioso para quienes deseen conocer la historia de personajes muy conocidos de nombre, pero nada más.

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