Ramón describe en el capítulo XXXIV de «Elucidario de Madrid» la romería que se celebraba para honrar a San Isidro. Una celebración a la que acudían personas de todo tipo para disfrutar de un día de asueto a la orilla del Manzanares. Como estamos acostumbrados, convierte parte de su relato en un poema: «La romería de San Isidro tiene ese encanto pueblerino y silvestre de pasear a la orilla del río, junto a esa vena sincera de la tierra que es el agua corriente que va a dar en el mar».

Empieza descubriéndonos su origen:

«Esta romería, si nos atuviésemos a la verdad primera, habría que llamar de San Isidoro, pues así es como se oyó llamar en vida este Santo, al que, para mayor brevedad y facilidad del nombre,  ha  convertido  el  pueblo  en  San  Isidro.  El  Códice   de  Juan  Diácono,  que  es  el documento más esencial en la determinación del nombre del patrón, dice:

«Magne virtutis titulo,

      Collandemus egregium,

Divina laude sedulo,

   Exemplar vigilancium

    Ex meritorum cumulo.

             Sanctum virum Isidorrum.»

Así es que la verdad es que el afortunado labrador se llamaba y «tendía» por nombre de Isidoro, que significa «don de Isis». Pero como lo que menos se puede variar es el nombre de una romería, sólo aclaro la verdad, porque sé que le gustará a la gente establecerla en su memoria, aunque siga con la rutina imperecedera.

La adoración de San Isidro no es de las que amedrentan o compungen, y por eso su pradera está llena de alegría, carrouseles y columpios. San Isidro convida a merendar, a tomar roscas y a sentir la flor del anís de los adentros,

Mientras tenga el paraje de San Isidro esa horizontalidad de tierra arable en la que se imagina uno a la yunta en caminata regular de un lado a otro de la pradera, nos representaremos bien a San Isidro. La mayor fuerza de este ferial es esa de su cosa rústica, escalonada con su antiguo asiento de tierra laborable y desnuda a la otra orilla de Madrid, distinguiendo la primera romería de la última en lo que sus desmontes pierden de ingentes. Nos sentimos del otro lado del mundo. Hemos descendido a pie hasta la pradera. Es el día de medir Madrid y darnos cuenta de su realidad en perspectiva.

Ya no madrugan los habituales de la pradera. La procesión principal aguarda a media tarde. Las gentes de poder, en vez de bajar, como antaño, en sillas de manos, calesines, diligencias, carretelas u otras arcas de Noé por el estilo, precipitando el ritmo un poco de entierro que debe tener la comitiva de la fiesta, bajan ahora en automóviles y «motos».

Los pobres de antaño continúan, como si fuesen inmortales, como si, igual que esos muebles contrahechos que pasan de prendería en prendería, ellos hubiesen pasado de época a época sin que el desgaste ni la muerte los quisiera consumir. En el estilo aleluyesco que siempre ha merecido esta fiesta, se escribió entonces, y se puede repetir ahora:

«En días tan divertidos,

  la corte de las Españas

saca a lucir sus nidos,

en lisiados y tullidos,

           las visiones más extrañas.»

Los pobres de antaño pedían en latín para dar más solemnidad a la limosna, para que las gentes se diesen cuenta de lo litúrgico que es dar un ochavo. En latín de pobre de pedir limosna decían: «Facitote caritatem

Los gitanos que viven en las cambroneras, a un paso de la pradera, han pasado a pie el río y dan tipo de gitanería a la fiesta, poniendo en ella esa sombra nómada que le dan sus tiendas de campaña y sus tenduchos. Domina la gitanería, pues ya van pocas damas de alta alcurnia, de  aquellas que, al decir de doña Dolores Gómez de Cádiz, iban «vestidas de glasé».

Todos los que van leen en la tosca lápida de la ermita la siguiente décima, que no se recomienda ciertamente por la gracia de la dicción ni la sublimidad de los conceptos:

    «¡Oh aijada tan divina

                 como el milagro lo enseña!

           Pues sacas agua de peña

   milagrosa cristalina,

         el labio al raudal inclina

   y bebe de su dulzura,

        pues San Isidro asegura

            que si con fe la bebieres y

calentura trujeres,

        volverás sin calentura.»

En la pradera, a la vera del río, todos nos encaramos con el Manzanares. La romería de San Isidro tiene, pues, ese encanto pueblerino y silvestre de pasear a la orilla del río, junto a esa vena sincera de la tierra que es el agua corriente que va a dar en el mar. Además en ese puente nos salen al encuentro San Isidro y Santa María de la Cabeza —ven pasar a la multitud, y ellos no se apresuran—; Santa María siempre yendo a la fuente con su cántaro o a la tienda otras veces —cuando nos la encontramos en otras calles—, con su alcuza de aceite; ella es la buena mujer del labrador de Madrid, desgraciado, inadvertido, viviendo siempre en una casilla, sólo con planta baja, al otro lado del río.

Recuerda la fiesta de San Isidro, como un remedo persistente y violento como un sartenazo, la remota época en que la humanidad era tribu trashumante y todos se entremezclaban en las cañadas o valles de la vida. Se siente el hedor y el rumor antiguo de aquellas multitudes pastoreantes. Por un día se incurre en aquella aglomeración arcádica.

Nuestra romería no se distribuye y se ordena, sino que es la más espesa y enredada que se conoce, y en eso ha estribado precisamente el encanto de ese madrileño guisote popular. Agranda la pradera esa espesura de gente en el laberinto de la gente. Los tiovivos por eso son redundancia en medio de esta multitud que da vueltas; tanto, que llega a sufrir de mareo por lo giróvaga que es.

La «isidrada» está en decadencia, porque todos bajan buscando la fiesta antigua, en vez de buscar lo que tiene de fiesta sobre la costra del mundo y frente a una visión idéntica de antaño. No es verbena esta fiesta. La verbena es del atardecer y de la noche. No es romería tampoco; la romería es algo más blando, soporífero y soñoliento. Es feria de Madrid, santo del patrón desproporcionado de la desproporcionada capital de las Españas.

Ya no canta en la pradera, como esos días silenciosos en que hemos ido a visitarle antes de hoy, el rodorín del grillo —he dicho el rodorín del grillo, y no hay quien lo mueva, porque esa gracia que hay en el fondo del silbato es lo que suena en el grillo—. Llega ahora un ruido espeso, de voces que se mueven. Todos los paletos que estos días preguntan en todos los tranvías que van a la Puerta del Sol: «Va a la Puerta del Sol?», están ya en la pradera. San Isidro es el mito del labrador, y casi todos ellos son labradores, San Isidro, como un rejoneador, se apoya en el rejón del arado como el tío del pueblo que hace eso mismo con una gran cayada. Las campanas de la ermita aumentan el ardor dando vueltas y destrozándose. ¡Qué dolor de riñones tendrán al final!

Como abundan tanto los militares en la fiesta, y las barracas y tiovivos tienen un techo de lona como el de una tienda de campaña, da la sensación el conjunto como de un ejército que vivaquea  y al que ha venido al pueblo a ver, como en esas zarzuelas en que hay militares y paisanos.

Se mezclan a la vida y a la realidad de la fiesta los humos de aceite espeso que salen de los puestos de comida y bebida y de las churrerías; los pobres que pululan por la pradera y que con sus caras de leprosos hacen más romería esta romería; la guardia civil a caballo, con sus sombreros enfundados de blanco y con su correaje amarillo, nuevo, formidable y vistoso; los desmontes, por los que se tiran los chiquillos y los alegres chatos y las descosidas filipinas.

Las ruletas que juegan cajetillas y «bibelots» de caramelo hacen más giróvago el conjunto, que tiene ya, por sus tiovivos y por sus «ruedas persas», en  que se cangilonean las parejas temerarias, algo de gran Montecarlo popular, en que todo gira, jugándose las pocas fichas de nácar que flotan en el cielo de la tarde, y entre ellas la ficha máxima de la luna, transparente y confusa en el claro cielo.

Los columpios de la pradera son los columpios aviadores, columpios frenéticos que llegan muy a lo alto en sus evoluciones, resultando algunos como dos largas aspas de molino, en cuyos extremos hay gentes que unas veces bajan al abismo y otras suben al cielo como fuera del espacio.

Toda la multitud parece que bailan bailes desordenados en rueda, en masa, al son del aristón. En la mezcla de unos con otros hay como una gran sardana.

Quizá ha entibiado también la romería el que en vez del peleón de Arganda, de la «ratafía» y del «hipocrás», mezclados siempre a la «flor del aguardiente», se bebe mucha cerveza mezclada a la «flor del aguardiente», se bebe mucha cerveza mezclada al agua de la fuente de «la Salud», la fuente del Santo, cuya agua convendría hervir antes de tomarla, pues hervida conservaría sus facultades milagrosas y perdería sus inquietantes microbios. Además, casi todos un poco en régimen de no engordar —magnífico pueblo convertido a ese régimen―, ya no se dedican a los grandes atracones de huevos fritos, lacones, perdices y escabeche con postre de rosquillas y bollos de Fuenlabrada.

La perspectiva de Madrid desde la pradera entra en el encanto de estar en ella, y se ve la ciudad castellana, que es construida sobre un monte, en cuyo barranco, lleno de huertas y chozas, estamos. Al goce de esa perspectiva de Madrid se une en la retirada la otra perspectiva; la de la pradera llena de gente garapiñada, viva y hormigueante, en contraste con los cementerios de cipreses erguidos, cementerios de los que, en la hora del atardecer en que ascendemos a la ciudad, parecen descender esas lucecitas amarillas que comienzan a brillar  en los puestos, tiendecillas y barracas  de la feria como amarillos y leves fuegos fatuos…»

Lo que más inquieta a Ramón es que pierda su carácter tradicional porque, para él, las costumbres de un país son los aspectos que lo definen y si ese país es España, representado en este caso por Madrid,  su preocupación se acrecienta. Comparto su interés en mantener nuestras tradiciones y aunque con el paso del tiempo evolucionen, releamos los textos costumbristas para conocer y no olvidar nuestro origen

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