El Rastro y Ramón

El Rastro madrileño era uno de los sitios preferidos de Ramón que recorría con deleite, compraba gran parte de los objetos que decoraban su despacho y conocía los defectos y virtudes de los vendedores de los puestos, conversando y observando el trato que tenían con otros clientes. Todas sus impresiones las escribió en su primer libro El Rastro publicado en 1914 que le permitió ser reconocido como escritor aunque ya lo era desde hacía bastantes años.

 Lo dedica: «Al justo y trágico Azorín, que es el hombre que más me ha persuadido de ese modo grave, atónito y verdadero con que sin malestar ni degradación ni abatimiento sólo creí poder estar persuadido secretamente de mi vida, le dedico este libro con el oficioso y tímido deseo de consolarle de gentes inconfesas y de estar  dedicado al más disimulado de los sarcasmos  en el centro de seriedades inauditas y aclamaciones extrañas.»

Con frecuencia comento la sensibilidad de Ramón y en está entrada me centraré en esa cualidad aplicada a los objetos que se va encontrando. Todos tienen vida propia para Ramón, cuando los compra se queda satisfecho y cuando los deja le surgen diversos sentimientos. Os transcribo algunos:

Abanicos

«Es grato agacharse y abriles  con cuidado, con delicadeza, como aquel caballerito los tomó de unas manos de mujer para ver en una pausa de la conversación la gracia inefable de la viñeta, entreteniendo y floreando el idilio… Se sonríe el abanico porque no hay más que una manera sutil y rendida de ver un abanico y de cogerle, aunque, como estos abanicos, nos lo ceda el santo suelo y la calle miserable nos disuada de la escena galante.»

Pipas

«Pipas tendidas como gatos, acostadas de lado con una simpática comodidad… Para el que fuma en pipa ―aunque esta sea una pipa menos industriosa y menos maniática―, las pipas aquí le producen una melancolía honda, ingrata, espiritada, inflexible, de un aire colado, casi mortífero.»

Objetos de iluminación

«Quinqués tristes, sin torcida, sin tubo, sin pantalla, como descabezados, como ciegos y fracasados.»

«Lamparillas de aceite con la caperuza colgando de una cadenita, parecidas a gentiles colegialas.»

«Velones solemnes llenos de un alma dramática y seria.»

«Honestas palmatorias, como viudas honestas sin camisa»

«Lámparas de minero, trágicas, reconcentradas, insinuando el fondo de la mina.»

«Arañas, grandes arañas de cristales sucios, como fuentes  de lágrimas de sal.»

Sombrillas

«Alguna sombrilla blanca con puño de cayada, parecida a una zancuda. Ingenua y cándida sombrilla de esas que llevan los domingos de primavera las niñas pobres vestidas de blanco.»

Cafeteras

«Maquinas de hacer café… Este es un detalle tan superfluo y tan ciudadano que conmueve… Se siente que haya dejado de tomar el café confortador ese ser  con buenas aficiones… Enternecen las cafeteras y se las mira con cariño, con benevolencia…»

 

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El Carnaval y Ramón

Empiezan a aparecer noticias que nos informan sobre los preparativos del próximo Carnaval. Pienso que, actualmente, esta fiesta tiene más impacto en los pueblos que en las grandes capitales dónde no se percibe el ambiente de júbilo. A veces podemos encontrarnos por la calle a personas disfrazadas que se dirige hacia algún recinto público o privado.

Ramón no solía participar en actos multitudinarias; sin embargo, como defensor de las tradiciones, solía acudir al carnaval con algún amigo para observar los cambios que se producían de un año a otro y poder escribir lo que sentía. El 19 de enero de 1934 publicó en el diario Luz un artículo en el que expresa su opinión sobre esta fiesta.

Comparsas y carrozas

«Ya andan por ahí sueltas las comparsas con sus hongos antiguos y sus chaqués a rayas. Bombonean la noche y beben todo el vino que pueden. Se les va poniendo poco a poco cara de valdepeñas. Lo que tiene de más o menos revuelto el poso de Madrid se nota en estas manifestaciones preambulares del Carnaval.

El que tiene buen oído puede augurar por la resonancia, por el eco en los faroles y esquinas, si la turbamulta es más o menos espesa y si la villa retrocede o avanza. Por cómo son acogidas por la noche estas comparsas crueles y desaforadas se sabe si el ambiente es más o menos hambriento o mucho menos astroso. Que resuenan mucho los zambombazos al bombo, pues eso es que el comercio no está bien y los sueños están vacíos de ilusiones. Que es mate el ruido y se apaga en las calles, eso es que hay cierta abundancia y los egoísmos tienen dos colchones.

La charangada de este año produce un efecto expectante y no se puede juzgar del todo bien de su acústica. Hay un “veremos a ver” esperanzado en la última sonoridad de los chinchines energuménicos. Parece como si la manzanilla se mezclase al valdepeñas.

Pero en el prólogo del Carnaval, que es lo sintomático, porque después el Carnaval en sí es rápido fuego de artificio que arde pronto, hay otra preocupación significativa: la de los proyectistas de carrozas. Las carrozas denuncian les tiempos que corren. Los tiempos inocentes tenían carrozas que se titulaban “Las gatitas blancas”, “La castellana y su séquito”, “La puerca cenicienta”, “Compuesta y sin novio”, “Girasoles”, “Golondrinas”. Después vinieron las carrozas apachescas y diablescas, aunque siempre se entremezclasen con ellas las carrozas floreales, carrozas más para batallas de flores que para la batalla del Carnaval, que es cruenta, y como guerra que es, y guerra moderna, lleva caretas antigasógenas contra el mal piropo y el mal proyectil.

El proyectista de carrozas se queda muchas veces con su proyecto, pues resulta demasiado imposible de ser llevado en un camión. Acariciará siempre su idea fallida como un dramaturgo que no pudo estrenar y se lee su obra en las noches nostálgicas de su invierno. El creador de carrozas que se sale con la suya se siente feliz arquitecto de la vida, y cuando ve realizada su concepción, que, encima, va a buscarle a casa todas las tardes de la Carnestolenda, se siente un poco entronizado en su idea.

La carroza histórica ha dejado sitio a la carroza original. Ahora no basta encontrar la idea de una carroza que se titule “Olla de grillos” o cosa por el estilo; hay que llegar al “cocktail’ más atrevido, aunque vuelvan a aparecer los hórreos con gaita. Este año se anuncia ya un proyecto de mascarada en carrozas que se titula “Los siete pecados capitales”, entre los que se van a meter “de extranjis” dos carrozas más: “La barca de Caronte” y el “Trono de Minos con su corte Infernal”.

La carroza titulada “La lujuria” llevara detrás esa multitud a la que mueve ese viento de expectación que levantan las carrozas tentadoras; la de “La envidia” crispará con su amarillez, “La pereza” tendrá también que ver, pues supongo que todos irán en la cama. El tiempo—cada tiempo—también inventa sus carrozas, que no .se llevan a cabo, pero que en el recuerdo de los años se las da como existentes y como si hubiesen pasado por delante de nosotros.

¿No hemos visto un Carnaval “La carroza del hambre”? ¿No hemos visto otro “La carroza comunista”? ¿No hemos visto alguna vez “La carroza de los dictadores”? Madrid a muchas cosas no las dedica más que una síntesis de carroza de Carnaval, y en su día aparecerán en  nuestra imaginación como carrozas inciertas “La carroza del fascismo” y “La carrozas de las Gretas Garbos”, mezcladas siempre a ese fondo de carrozas tartas y carrozas “cestas do Navidad” que se interpolan en la procesión carroceril.

¿1900 no fué una carroza de “Corte de Amor” en unos juegos florales? ¿1913 no fué la carroza “Copas de champagne”.?  ¿1924 no fué la carroza “Banco de Oro”? ¿1929 no fué la carroza”¡Chitón!”?… ¡Qué distancia entre aquellas carrozas antañonas que siempre conmemoraban el “Descubrimiento de América” y estas carrozas audaces que sintetizan el presente, que son como apoteosis burlesca de la actualidad!

Madrid no tiene tracas, no simboliza sus peleles en fiesta de pólvora y fuego, poro se reserva para sus carrozas y realiza en ellas “ministerios de concentración” de todos los tópicos actuales, descubriendo su materialismo o su idealismo, según lo que de bisiesto hay siempre en febrero, mes zurdo, mes un poco bisojo y otro poco rengo.

Entierro de lujo del gusto o del mal gusto de cada año es el que se celebra con el desfile de las carrozas. Es una especie de número de circo como ese de los cuadros plásticos, cuando diez figuras enharinadas y con algo de estatuas componen el abecedario de un friso, la simulación de una batalla, el “Ángelus” del segador Millet.

En la carroza muere el dragón del lugar común de cada temporada, y es arrumbado al almacén de los trastos desusados el tema que aun estaba insupuesto en el mundo de las carrozas, pero que, ya lanzado, pierde su originalidad como un yeso roto.»

Este artículo, como todo lo que escribe, refleja su personalidad sin tapujos con la sensibilidad que muestra hacia los proyectistas de carrozas cuyo proyecto y trabajo han sido ignorados.

El lenguaje poético de Ramón

Ramón cuando escribe no piensa, observa y  expresa con su pluma todo lo que siente cuando algo capta su atención. Su estilo es él y sólo se puede denominar «ramonismo» por las singulares características que posee en sus novelas, artículos, cuentos, greguerías, ensayos… en todo lo que consideramos su obra narrativa.

No escribió poesía; sin embargo, brota su lenguaje poético cuando menos te lo esperas y no deja de sorprenderme cuando releo algunos fragmentos que, en esta entrada, quiero compartir con vosotros. Todos están relacionados con Madrid, con lugares que todos conocemos y que pertenecen a su libro Elucidario de Madrid:

La Puerta del Sol

«De esta luz que hay en la Puerta del Sol y de esta alma tenue y numerosa que la llena, suben a su altura unas ráfagas que son una aureola inconfundible para todo el que la ve desde lejos. Esa niebla de luz, ese cráter de luz. Es lo que primero adivina el que ve Madrid desde el tren ―Allí está el pensamiento de la ciudad―, piensa.»

La Plaza Mayor

«En la noche, en la más alta hora de la noche, la plaza Mayor está bellísima. Hasta cuando está nublado, el cielo aquí se mejora, y si por un hueco de las nubes asoma una estrella, es sobre la plaza Mayor donde asoma. La luna en la plaza Mayor es como una iluminación de verbena.»

La Plaza de Oriente

«En la plaza de Oriente es donde amanece antes y con más belleza, dándose el fenómeno brillante de que en las lunas perpetuas y enteras de los balcones de Palacio parece que se refleja el ocaso al amanecer, pues todos se llenan de un oriente maravilloso y encendido.»

La Plaza de la Cebada

«Entonces vuelve un momento de paz nocturna a la plaza de abastos, y el agua parece correr por todas las naves, y las riquezas acumuladas duermen en sus mazmorras, bajo las bombillas mortecinas que semejan pequeñas arañas que cuelgan de su propio hilo.»

La fuente de Cibeles

«La Cibeles que es un símbolo disimulado, actúa sobre España como reina protectora. Enmudecida y erguida en su carroza, no deja de caminar en el tiempo, y recorre la Historia con su rodar incesante.»

 El estanque del Retiro

«El estanque del Retiro es el gran vaso de agua de Madrid, el gran vaso de agua en que se acucia su cielo y su ambiente. Consuela más que parece, y si faltase, que daría una desdichada sed de él en el aire de nuestros días»

Ramón y Pombo

Es imposible hablar de Ramón sin nombrar a Pombo, su lugar de solaz, de reunión con sus amigos y su tertulia que no se había planteado tener después de haber acudido a otros cafés y presenciado en lo que consistían las clásicas tertulias.

Las características de «El antiguo café y botillería de Pombo» y su ubicación tras la Real Casa de Correos, muy cerca de la Puerta del Sol y en el número 4 de la calle Carretas, entrañable para Ramón por su ambiente, le animaron a elegirlo. Por fin había encontrado un «café solitario, sin promiscuidad y sin estupidez,  público á la vez que honesto, burlón á la vez que crédulo, solitario á la vez que comprensivo, locuaz á la vez que antiparlamentario».

Pienso que es fundamental leer la descripción exterior e interior que hizo sobre él en todos los momentos de un día cualquiera, aunque la noche era su hora preferida, si queremos conocer la sensibilidad, la capacidad de observación y el porqué de su elección como lugar de tertulia.

Exterior

«El antiguo café y botillería de’ Pombo»—largo nombre gracioso, definitivo y grave de este café—está en los bajos profundos de una casa antañona, valetudinaria, grandota, de color atezado y antiguo.

 De día, Pombo resulta sumido y de un color parduzco y tostado. Queda como viviendo de incógnito, opacamente, en la calle más turbulenta de la ciudad. Más vale por eso pasar junto á él sin mirarle cuando se le encuentra de día por un descuido, así como se procura discretamente y sin desacato no ver durante el día á esa madura mujer que nos hechiza y nos hace supremos en la noche.

En la noche, la fachada de esa casona es negra,  tupida y simpática. Sus grandes balcones están cerrados como grandes ojos entregados á un sueño sensato; el balcón simulado en la esquina que afronta un interesante callejón—uno de esos balcones falsos que no engañan á nadie y que son como un ojo huero que entuerta la casa—; duerme también; duerme más que siempre, durmiendo siempre; y los pequeños balcones malogrados que corta el café, esos balconcitos sobre las tiendas que en la antigua arquitectura son como el ombligo sombrío de la casa ó como un «error de diferencia», duermen un sueño ahogado, irrespirable y precario.

Bajo esa sombra compacta y ese sueño hermético, luce veladamente Pombo apaisado, muy metido en sí, sin luces de buscón. Pombo se regodea en su absorbente cordialidad interior. No llama al que no le sepa descubrir, y por eso siempre esta híbrida muchedumbre que transcurre por su calle pasa junto á él sin quedarse. Por eso también el sábado está solo. Honestidad, dignidad, cordura que le hacen en la noche á través de sus visillos caseros y púdicos, como un privado lampo de luz generosa.»

Interior

«Después de cruzar las dos puertas que se abren en distinto sentido, para que sólo se pueda abrir la segunda después de haber cerrado la primera, evitando que se cuele el aire ingrato, advenedizo y agrio de la calle, la noble casa nos abraza y nos reconforta. Tres largos gabinetes y un salón central se comunican entre sí, sin dejar de ser independientes, por tres amplios arcos. El techo común es bajo en una proporción justa y humana. Todo él está adornado como un interior habitable, en el que hasta hay dos relojes que suenan pacíficamente á relojes de hogar—¡oh si cantase el cuco!—No desorienta ni desaíra como los otros cafés, demasiado cafés y demasiado llenos de espejos. Su espectáculo no es el espectáculo falaz y comercial de esos otros cafés. Pombo es como el piso bajo de un recio caserón, el más fundamental, el que soporta toda la casa, cuya gravitación no puede ser olvidada y pesa maternalmente sobre nosotros, hasta insistir en nosotros la idea de sus guardillas, unas guardillas regias de esas con pesada montera de tejas que hacen como un alero en abanico, un alero de pagodita; nobles guardillas en las que se guardan los antiguos muebles del café y su diario escrito. Hasta es bondadoso su empapelado crudo y suave, adornado de esas áureas medias cañas que fueron el motivo sobrio y rico de la decoración anciana, simulando unos finos marcos de paisajes en blanco que por eso consienten las mas espirituales y variables fantasías.

Mate, envolvente, abrigado, atento, reconcentrado, lleno de conciencia y de prestancia es la sensación de su interior aldeana; tibia, socorrida, eficaz y robustecedora. Resulta como un asilo de noche, no para los desheredados, sino para los más ricos herederos de la fortuna; resulta como un refugio blindado en el que se está á salvo de todos los bombardeos con que el militarismo ataca y atacará intermitentemente al mundo hasta hundirle; resulta como una conejera oculta y confortable en que se puede uno amparar de las acechanzas del destino y de las costumbres que afligen hasta á las vidas felices y desahogadas. En él hay un momento en que hasta resulta obvio el que se haga ó no se haga justicia. En él—¡oh, exageración!—se apacigua todo como después de todas las revoluciones y como después del desengaño de todas ellas. En él se goza de una libertad Definitiva, aunque sólo sea provisional.

Todo esto á la noche, porque hasta el interior de Pombo es á la tarde demasiado anodino y convencional. Por la tarde vienen las gentes honestas y asiduas que no saben lo que piensan. Por la tarde todo gira como alrededor de doña Manolita. Esta doña Manolita es una leve anciana enjuta y aniñada. Entra baldada por el frío de la calle. trae los ojos lacrimosos; se los enjuga después de sentarse, así como el moquillo, que cuelga de su nariz como una gota de lluvia de una balaustrada. Después sonríe, saluda á las demás mujeres familiares y á los caballeros—todos corno de la magistratura—, y á los curas que se suelen reunir en Pombo por la tarde; después pide un chocolate con picatostes, y se la ve arrebatarse y entrar en reacción.

También entran por la tarde—y á veces á la noche como perdidos y como para encontrarse—los provincianos de alma tierna y desolada, porque sólo en Pombo encuentran su patria chica, su ciudad, su provincia, su hogar, la restitución. Se les ve agarrarse al asiento y encogerse de emoción.

Por la tarde Pombo es mediocre. Pero por la noche es otro: libre, expansivo, cabal

Todos los sábados por la noche se reunían hasta la una y media de la madrugada, hora en la que sonaba el timbre de aviso para poder limpiar y dejarlo perfecto para la mañana del domingo. Ramón y sus contertulios se dirigían a la Puerta del Sol paseando sosegadamente y disfrutando de la noche madrileña cuando la ciudad estaba dormida.

El apoliticismo de Ramón

Ramón estudió derecho y tuvo la opción de ocupar diversos cargos políticos por el prestigio de su padre D. Javier Gómez se la Serna y Laguna quien siempre le había apoyado. La política no era su meta, le preocupaban los problemas sociales y se relacionaba con personas involucradas en cargos públicos; sin embargo cuando presenció «el asesinato de su padre por la dichosa política» como relata  con dolor en  Automoribundía, su apoliticismo lo mantuvo durante toda su vida.

Os relato su trayectoria profesional para que podáis conocerlo. D. Javier Gómez de la Serna era un político honorable, al poco tiempo de finalizar la licenciatura de Derecho ingresó por oposición en el Ministerio de Ultramar, en 1887 fue nombrado Jefe de Negociado de segunda clase, en 1889 ascendió a Jefe de Administración de cuarta, en 1893 fue promovido a Jefe de Administración de tercera clase y segundo de la Sección de los Registros y del Notariado del Ministerio de Ultramar  y en 1899 fue nombrado Registrador de la Propiedad de Frechilla (Palencia).

Fiscal de la Audiencia Provincial de San Sebastián en 1901 se le declaró excedente por su elección a Diputado en Cortes en las elecciones de ese mismo año. Fue Director General de los Registros y del Notariado en 1905 y en 1907 y por Real Decreto de 11/02/1910 fue nombrado Director General de Obras Públicas.

En 1919 fue designado para prestar servicio durante un año en la Presidencia del Consejo de Ministros  con el objeto de continuar los trabajos sobre crédito territorial en Marruecos; sin embargo, su aspiración a ser ministro se vio truncada cuando el presidente del Consejo le llamó para que no asistiese a la Cámara esa tarde porque había problemas con uno de sus ministros, no le sorprendió porque conocía la causa y no quiso prestarse a la farsa. Al día siguiente acudió y reveló el enredo renunciando para siempre con la voz emocionada a la política y al acta.

Cuenta Ramón afligido:

«Yo, que nunca le había acompañado en sus tareas parlamentarias ni en los confortables despachos de sus cargos públicos, comprendí que aquel día era un día solemne porque presentí la trascendencia trágica del último discurso.

En efecto, su voz fue de agonía, y me di cuenta de por qué suelen ser rojos los escaños, como si estuvieran preparados para recibir la sangre de los que se sacrifican en el ara política.

Vi cómo se ponía ceniciento y sentí una congoja tan grande como el hemiciclo

Mi padre estaba asesinado y su rostro recogió la impresión como si le hubieran sacado con yeso frío una mascarilla premortal. ¡Siquiera le hubiesen preservado en ese trance aquel bigote y aquella barba en punta que le habían caracterizado hasta la madurez!

Me reuní con él en el saloncillo y le di el brazo disimulando su asesinato, viendo cómo las grandes alfombras absorbían, encrestando sus grecas, las últimas gotas de sangre caída.

Eran las cinco de la tarde ―sí, la hora en que también mueren los toreros―, y saludaba a los ujieres con la efusión del diputado primerizo, cuando él era el que les vio hacerse viejos y ni iba a volver a verlos nunca más.»

La salud de D. Javier se fue deteriorando hasta su fallecimiento en 1922 y Ramón reiteró su apoliticismo durante toda su vida.

 

Primero de mes con Lotería según Ramón.

Este artículo lo publicó Ramón el 1 de septiembre de 1923. En él podemos observar los lógicos cambios que ha experimentado nuestra sociedad en lo referente a la Lotería. El hecho de tener todos los días diversos tipos de apuestas, nos ha hecho perder el ambiente festivo de ese primero de mes  en el que la gente disfrutaba y lo consideraba como un día de asueto. Todos actuaban como ganadores antes de conocer el resultado final. Ramón refleja el carácter español en el que no podían faltar los pícaros que, aprovechando el bullicio, agudizaban su ingenio.

La decepción que sentían cuando comprobaban que su número no era el premiado, no les impedía esperar hasta el próximo mes para repetir la experiencia.

Las costumbres son una parte muy importante de nuestra historia y pienso que es muy gratificante conocerlas y compartirlas como pretendo  hacer con este blog.

Primero de mes con Lotería

«Esta mañana de primero de mes madrileño es característica. Adquiere la vida significado optimista y satisfactorio.

Su mediodía, sobre todo, es espléndido. Tiene refracciones no sólo del Sol, sino de  todos los espejos del cielo. El ruedo de las calles soleadas es de gran corrida. Todos temen un poco por sus carteras repletas. Es la fiesta de la corte, que para eso es capital y corte de las Españas.

Huele a estofado.

Sobre esas fruterías que sobresalen hasta en medio de la acera se asoman los transeúntes  enriquecidos durante este solo día. Todos compran algo. Es el día del paquetito de la sorpresa. Alguno compra una langosta de esas a dos pesetas, que son una imitación de la langosta y que aunque parecen vivas, pues mueven un poquito los ojos, lanzando una última mirada despavorida, cuando se llega a casa y se las cuece se deshacen en un líquido escayolesco y se encuentran bajo la caparazón los hilos que, unidos a sus ojos, estaban en relación con la cola y por eso se movían con cierta vida engañosa.

—¡Vivitas! ¡Vivas!

La prestigiosa lista grande ha salido. Sus lectores la compran como un extraordinario que hablase de la guerra, y lo primero que hacen es leer su artículo de fondo, la sustanciosa columna de los premios mayores. Pronto encuentran lo desierto, inhospitalario y desolador que es la lista, y tiran el pliego inútil.

Así, a las tres de la tarde de este primer día de mes tan castizo está llena la ciudad de listas grandes tiradas por el suelo, volanderas, como envolturas de meriendas vacías, de paquetes de aire.

Todos quedan convencidos de que no hay que contar con la Lotería, sino que contar sólo con las pilas de duros amontonados sobre las mesillas de los habilitados, contentándose con el modesto vermut del día de cobranza, y a lo más, hacerse conducir a casa en el flamante simón del día primero, dejando en su alfombrilla de terciopelo las huellas de las dos plantillas humanas.»

«Retratos de España» de Ramón Gómez de la Serna

En este libro publicado con motivo del centenario de la muerte de Ramón en 1988, Francisco Ayala comenta en el prólogo: «Estamos ante una selección de retratos breves, y habría que colocarlos en el apartado de sus extraordinarias biografías, dándonos ocasión a examinar su arte en una diversidad  de estudios particulares presentados en forma esquemática: se trata de semblanzas, de retratos, y como tales retratos deben ser tratados y apreciados, para comprobar de qué manera se aplica a la óptica ramoniana al arte de la iconografía.»

Fueron muchos los artistas que Ramón conoció y biografió logrando que podamos disfrutar al encontrarnos con el personaje de una forma más cercana. No se limita a escribir sus datos  de nacimiento y trayectoria profesional, nos introduce en un mundo nuevo con anécdotas, sentimientos y observaciones que difieren de las biografías tradicionales. Como explica Ramón: «Uno va muriendo y viviendo con estas biografías. Pero bien merece la pena  de morir y vivir en este esfuerzo, si se hace un poco de justicia en la vida llena de injusticias.»

Sólo os expongo una muestra de este libro y deseo que sea de vuestro agrado:

«Galdós, disecando a la vista de todos un tejido intersticial de la realidad que merece la pena de observar, es como un descubridor de su época.»

«Unamuno quería lucidez del pensamiento, acrecentamiento místico dentro de las severas líneas del paisaje español, sin trastornar por eso la vida acoplada a cierto contento de vivir gracias al trabajo de los siglos.»

«Emilia Pardo Bazán era un ser feliz que unía la exúbera provincia con la corte y producía como un manzano novelístico.»

«Gabriel Miró era uno de esos imagineros de pueblo que hacen retablos de una expresión dramática perturbadora, y que llamados a la ciudad de las catedrales hacen altares mayores.»

«Benavente estaba atento como un doctorín a las enfermedades de moda de su tiempo, y después de todo era el curandero dramatizante que merecían, o superior al que merecían.»

«En la literatura, que es una reunión de aventureros estáticos y pintorescos, cuya catadura ameniza el mundo intelectual, el aventurero Eugenio D´Ors se presentó  desde el primer momento con un empaque lleno de carácter.»

«Cariátide o Atlante del anochecido, Cansinos nos amenazaba  con su sonrisa en compota y en el fondo nos estimulaba para que fuese mejor nuestra literatura  porque si no nos llevaría al infierno.»

«Juan Ramón Jiménez tuvo la primera certeza íntima, la emoción sencilla de vivir entre aura y cierzo, entre sol y luna, sin excesivas ambiciones ni excesivas leyendas.»

«Manuel Machado fue por sorpresa ese austero recitador, ya que  él siempre propende a una gracia banderillera y ágil, verleniana, con un poco de chirigota andaluza en el fondo.»

«Los campos de Antonio Machado, una vez iluminados por la luna —¡fronterizos entre la tierra y la luna!— y otras por el sol, son los campos góticos preferidos por sus inspiraciones.»

«Todo se vuelve extraordinario en los poemas de Vicente Aleixandre, porque va con los frenos sueltos y lo que ve venir lo ve en la sorpresa del acercarse a ello raudamente.»

«Venció en Gerardo Diego la ternura y la bondad, y como pianista que es escribe como toca el piano, de espaldas al público, mirándose en el espejo negro. Sólo cuando oye las ovaciones vuelve un momento la cabeza.»

«Falla es como un augur de la noche total de España, como el meditador entre el campanilleo de los campos y el alma minoritaria de los escogidos.»

«Picasso deambula por el emborrillado Madrid de entonces, penetrándole por la suela de las botas lo que ha de ser después principal base de sus renovaciones, la plasticidad de lo visible, que emborrillará de grises senos las telas de la primera pesadilla cubista.»

«El gran instinto de Dalí es el de no menoscabar sus impresiones de infante lleno de clarividencias, rápido en agarrar y soltar las cosas que le atraen, más rápido y franco que nadie al minuto…»

«En el fondo de Juan Gris, tan dibujante y explorador de signos, quizá fue acariciada la ilusión de sacrificarlo todo, ascéticamente a los grises.»

«En Maruja Mallo se veía que no necesitaba oír palabras sobrantes sobre su arte, porque era de los pocos artistas que amanecían con una extraña seguridad. Yo la bauticé entonces, “la brujita joven”.»

La actualidad de Ramón en su «Diario Póstumo»

Después de su fallecimiento en 1963, su viuda Luisa Sofovich reunió en un pequeño libro las anotaciones y pensamientos que Ramón había ido escribiendo, sobre cualquier tema, cuando su salud se iba deteriorando poco a poco. Eliminó los temas que consideró más íntimos y lo publicó con  el título Diario Póstumo.

Lo curioso y desalentador es que después de tantos años, sus frases se adapten a nuestra época como podéis comprobar:

«El que cómodamente se toma la libertad de no pensar, cada vez tiene menos pensamiento.»

«La envidia de la felicidad ajena es como la guadaña que siempre se está afilando y afilando.»

«¿Vives? ―Sí― ¿Mueres? ―Sí― ¿Entonces ― Vivo y muero al mismo tiempo. Eso es el vivir.»

«La diplomacia hace señales de que pare el tren expreso de la guerra, pero el maquinista no le hace caso.»

«Ahora existe la intriga, una disimulada y mediocre cadena. Algo muy difícil de revelar y perseguir.»

«Está muy bien estar bajo el paraguas de la casa, pero lo malo es que la vida actual nos quiere dejar sin paraguas.»

«Cuando se apoya la barbilla sobre la palma de la mano, se observa todo el aburrimiento del mundo gravitante y gravoso.»

No soy pesimista, pero desearía que la envidia, la guerra, la intriga y el aburrimiento que también observamos en nuestros días, se hubiesen mitigado y que el pensamiento sensato aplicado a nuestra vida predominase.

«Tapas legítimas»

Las tapas son españolas, lo han sido y lo serán siempre. Cuando viajas fuera de España puedes encontrar restaurantes, cervecerías, cafeterías, cadenas de comida rápida o máquinas expendedoras con diversos tipos de sándwiches; sin embargo nada sustituye al deleite de sentarte en una terraza o entrar en una pequeña tasca que, a veces, sólo tiene la barra y algún taburete, para consumir un delicioso «refrigerio». Ramón, buen comedor, publicó el viernes 10 de noviembre de 1933 en el diario Luz un artículo en el que nos lo explica como sólo él podía hacerlo.

            Tapas legítimas

El español castizo pone una tapa al hambre y la sabe soportar sólo con eso. Con tapas pasa por el tiempo, y nada puede el tiempo con él.

La tapa puede ser nada más que un losange de bacalao, y con eso basta.

Hasta su calzado puede pasar sin medias suelas, pero no sin tapas, un par de tapas en los tacones. Lo bastante para ir derecho.

La bebida que se toma con aire litúrgico, la buena manzanilla, por ejemplo, necesita su tapa correspondiente para evitar que se le vaya el aroma.

En otros sitios el bebestible sale guarnecido de mucho comestible, apesantando el hecho de libar. Aquí es una sobria muestra de lo comestible la que acompaña a lo bebible.

El que sabe sostenerse debe hacer, de vez en cuando, una cura de manzanilla y tapas. Un casi ayuno coa la depuración del néctar amarillo que perfuma como un sahumerio el local en que se expende.

Es gracioso el menú de las tapas, ovillejo de cosillas, paripé de futesas, relación de pequeñas cifras:

Calamares al amarillo.

Soldaditos de Pavía.

Sábalo ahumado.

Caracoles a la madrileña.

Bistelitos de carne.

Hígado a la plancha.

Boquerones en abanico.

Mollejas encebolladas.

Montaíto de chorizo.

Sesos huecos.

Bacalao con tomate.

Callos a la sevillana.

Degustador de pequeñas realidades, el español disfruta esta aleluya de cosas, un gajo de cada una, pinchado por el tenedor de un palillo.

El regidor del colmado tiene que estar atento al ritmo de las tapas y pronto el regalo de lo que es puntuación de las tapas, capítulo aparte, pascualinada de la colación, las aceitunas aliñadas, las almendras o el queso.

―Qué, ¿pedimos ya el queso?―pregunta el que sabe dar la señal de final, pues el queso manchego es la lápida del piscolabis.

Y los dos españoles que han compartido el juego de las tapas, la probación de las especies de mar y tierra, se dan por cenados y se van con la imaginación espiritada a meditar en el porvenir.

Han tocado el xilofón de sabores que hay en las tapas y se van con el quinqué despierto a velar sobre los periódicos, desdeñosos de la glotonería, dispuestos al ahorro, pero también a la tenacidad del vivir.

«El tiempo y la humanidad»

El viernes 7 de julio de 1905, Ramón Gómez de la Serna publicaba en La Región Extremeña su artículo «El tiempo y la humanidad»:

«Una anciana visita mi casa frecuentemente y después de recordarme algo de mi vida de niño, que no conserva, mi memoria, entre el suspirar hondo, mundanal , sincero, de sus desgastadas fibras, exclama entrecortada, pausadamente, mirándome, mientras fulguran rápidos en un segundo todos sus recuerdos, que el constante entreverles sintetizó en su memoria:―¡Cualquiera diría!… ¡Cómo pasa el tiempo!… y su rostro lloroso en que se ve la resignación, inmutable, necesaria de las de los impotentes, ante la fatal naturaleza ó el inconsciente tiempo, se ha contraído protestando de su rapidez despiadada…

Un humilde hombre que asiste á mi hogar, que con monótono movimiento se sienta y fijo mira los cambios, rojos y blancos del pavimento, muchas veces ha exclamado al oír dar al reloj determinada hora, dolorido, emocionado, al comprender que un nuevo trabajo duro, necesario para sostener su vegetativa y triste vida de paria, le reclama.

―¡Parece mentira!… ¡Una hora ya que salí del taller y ahora a escribir en casa del notario! ¡Cómo se marcha el tiempo!… Y le he visto retirarse cabizbajo, resignado, como sufriendo el peso de algo infinitamente pesado, sobre su espíritu que parece insensibilizar…»

Soy, como un querido amigo, defensora de nuestros mayores que con sus experiencias son mucho más sabios que ciertas personas con titulación. La vida les cansa y una gran mayoría no puede ser optimista aunque lo intente. Es mucho más agradable ver a los niños jugando, corriendo, sonrientes e incluso cuando lloran por una «pataleta» son graciosos y despiertan un brillo de luz  en los mayores que se encuentran sentados en los bancos, sentados esperando que pase un día más.

Este artículo podríamos encontrarlo hoy en cualquier periódico; sin embargo, me pregunto si sería tratado con la sensibilidad que emana  de las palabras de Ramón.